Bruno Giometti (*)
Como sucede anualmente desde 1969, hace un par de semanas fue otorgado el Premio del Banco de Suecia en Ciencias Económicas en memoria de Alfred Nobel, conocido como Premio Nobel de Economía.
Los tres economistas galardonados se destacan por haber desarrollado “experimentos naturales” en economía. Lo anterior consiste en detectar situaciones en la economía real que al ser analizadas permiten establecer relaciones de causalidad entre distintas variables. A diferencia de las ciencias naturales, donde los estudios se pueden generar y reproducir en condiciones de laboratorio, en las ciencias sociales como la economía estos “experimentos” deben ser detectados en el proceso social concreto para poder llevarse adelante. Estos “experimentos” no siempre pueden realizarse dado que el proceso social es complejo y en general actúan muchas variables en múltiples direcciones y con distinta intensidad, por lo cual puede ser muy complejo aislar el efecto de unas y otras para encontrar posibles relaciones de causalidad.
Uno de los economistas premiados, el canadiense David Card, fue destacado por sus contribuciones empíricas en el área de la economía laboral.
Uno de los “experimentos naturales” desarrollados por dicho economista fue el siguiente: A principios de los años 90, junto a un colega, pudo detectar dos regiones urbanas norteamericanas con un conjunto de características similares; en una de ellas (Nueva Jersey) el gobierno estatal decidió incrementar el salario mínimo de 4,25 a 5,05 dólares la hora, mientras que en la otra (Pensilvania) el salario mínimo se mantuvo incambiado. Se eligieron para el estudio las cadenas de comida rápida, rubro en que los salarios se ubicaban en torno al salario mínimo. El experimento consistió en comparar dos realidades con características similares, salvo por la medida referida al salario mínimo.
El resultado del estudio empírico, sobre 410 puntos de ventas de comida rápida en ambas regiones, fue que en Nueva Jersey, donde se había producido el aumento de salario mínimo, no solo no se había destruido empleo sino que se había creado empleo a tiempo completo, mientras que en Pensilvania no hubo creación de empleo.
De esta forma, se establece un claro contraejemplo, con un estudio riguroso basado en datos reales, a la visión “intuitiva” defendida por la economía dominante de que el salario mínimo y el empleo tienen una correlación negativa, es decir, que un salario mínimo más alto conlleva a un deterioro en el empleo.
Es indiscutible que, en una economía en crecimiento, el salario mínimo puede aumentar y simultáneamente también crecer el empleo. Pero el estudio de Card y su colega agrega una conclusión adicional: comparando dos economías similares en un conjunto de características, el aumento del salario mínimo no es necesariamente perjudicial para el empleo y hasta puede ser favorable.
La defensa del incremento del salario mínimo nacional es para los trabajadores un aspecto estratégico, dado que favorece la calidad de vida de los trabajadores de ingresos más bajos y contribuye en general a la igualdad. Además, podemos asegurar que no necesariamente estos aumentos perjudican el empleo como sostiene la economía dominante como argumento para no subir los salarios mínimos.
En tiempos en que las cámaras empresariales realizan planteos como la posibilidad de contratar trabajadores por el 70% del laudo mínimo, con el argumento de que eso permitiría generar empleo, estudios como el mencionado nos dan elementos para demostrar que una medida de ese tipo, con seguridad, tendría más efectos en la degradación del nivel de vida de los trabajadores que en la generación de empleo.
(*) Economista del Instituto Cuesta Duarte y del equipo de “Valor!!”.























