Informe de la Desigualdad Mundial 2026.
Por Rodrigo Gorga (*)
Durante esta semana se conoció el Informe de la Desigualdad Mundial 2026 (WIR, por sus siglas en inglés), el documento que probablemente reúne el enfoque más académico dentro de una temática que, año a año, abandona el margen para ocupar titulares en los portales internacionales y en las calles de la movilización política. Esta tercera edición —tras las de 2018 y 2022— aparece en un año en el que el impuesto a los superricos abrió su propia avenida en la discusión vernácula y se convirtió en uno de los temas protagónicos e ineludibles de cualquier balance de este 2025.
La edición 2026 es coordinada, entre otros, por Thomas Piketty, el economista francés que logró que el estudio de la desigualdad dejara de ser interés de un nicho y pasara a integrar el corazón del debate económico global. También participan autores cuyos trabajos nutren esta edición, como Mauricio De Rosa, que días atrás presentó en el Paraninfo la propuesta del PIT-CNT para gravar al 1% más rico y financiar políticas para abatir la pobreza infantil. Ese involucramiento simultáneo en la investigación académica y en la discusión pública —tanto en las aulas como fuera de ellas— es una marca distintiva de estos economistas.
Una de las principales novedades del informe es la ampliación de su “horizonte”, al incorporar lo que denomina “nuevas dimensiones de la desigualdad”: clima, género, acceso a la educación, funcionamiento del sistema financiero global y desigualdades territoriales. El gesto es significativo. Obliga a mirar más allá del ingreso y la riqueza —las medidas clásicas de toda radiografía distributiva— sin por ello restarles centralidad. Lo que hace el informe es mostrar cómo estas otras capas de la vida social y económica acompañan las inequidades tradicionales, pero sobre todo cómo muchas veces las refuerzan. Y, al hacerlo, deja planteado que la acción política no puede reducirse a los indicadores de siempre: también debe interrogar esas zonas donde la desigualdad se reproduce de manera más silenciosa en la discusión pública, pero persistente en el margen de maniobra de las personas.
La foto más conocida —la distribución del ingreso y de la riqueza— sigue siendo tan contundente como estable. Según el WIR 2026, el 1% más rico del planeta concentra el 38% de la riqueza global, una cifra que, pese a los vaivenes coyunturales, prácticamente no retrocede desde hace dos décadas. Sin embargo, hay que tener presente que la estabilidad en la cima es solo aparente. Si se afina la mirada hacia la cúspide del 1% —es decir, el 0,1% y más— se observa con claridad el patrón concentrador del sistema: la riqueza ha crecido mucho más para quienes ya eran extremadamente ricos. Esto muestra que, aun con crecimiento económico o expansión tecnológica, la capacidad de acumulación se mantiene fuertemente concentrada en una élite muy pequeña. Y eso marca el límite de cualquier discusión sobre oportunidades: si la estructura patrimonial es tan desigual, la desigualdad de ingresos no puede sino reproducirse.
En materia de género, el informe vuelve a mostrar que el promedio nunca cuenta toda la historia. A nivel mundial, las mujeres ganan en promedio el 61% de lo que ganan los varones por hora trabajada, una disparidad que además se arrastra a la cantidad de horas trabajadas: las mujeres trabajan más, pero ganan menos. Esa diferencia expresa la persistencia de fenómenos como los techos de cristal, la segregación ocupacional y la penalización por maternidad. El WIR insiste en un punto importante: aun cuando los países logran crecer o reducir la desigualdad agregada, estas brechas suelen moverse más lentamente porque dependen de instituciones laborales, normas culturales y políticas de cuidado que requieren transformaciones más profundas que un simple ciclo económico.
En la dimensión educativa, el avance en la escolarización convive con desigualdades estructurales. El informe muestra que el gasto público en educación por cada persona en edad escolar varía de €220 en África Subsahariana a €9.025 en América del Norte y Oceanía, una brecha de 41 veces entre las regiones más pobres y las más ricas. Este indicador es decisivo para entender cómo se transmite la desigualdad entre generaciones, además de revelar lo frágil —más frágil de lo que suele admitirse— que resulta la idea de “igualdad de oportunidades”, una noción invocada con frecuencia para justificar desigualdades de resultado en un mundo donde la movilidad ascendente dejó de ser la gran promesa del capitalismo. El WIR subraya que, aun cuando la matrícula mejora, la diferencia en quién efectivamente termina sigue siendo el factor clave que condiciona los ingresos futuros, la inserción laboral y la movilidad social.
Gráfico 1. Gasto público en educación por cada persona en edad escolar (0 a 24 años), 2025.
Fuente: WIR 2026.
En la dimensión climática, el informe pone cifras a una intuición que ya forma parte del sentido común global: quienes menos contribuyen a la crisis climática son quienes más sufren sus efectos. El WIR muestra que el 10% más rico del planeta es responsable del 47% de las emisiones globales, mientras que la mitad más pobre apenas aporta el 10%. El indicador mide emisiones de carbono per cápita ajustadas por consumo, para captar la huella climática asociada a estilos de vida y capacidad de gasto. Esta brecha se agranda si se consideran las emisiones derivadas de la propiedad privada. Quienes acumulan más capital se quedan con los mayores beneficios y producen los mayores perjuicios: esta vez, en la expresión climática de los desequilibrios distributivos. La radiografía es contundente: la crisis climática no solo es una desigualdad ambiental, sino también una desigualdad distributiva. Y la transición ecológica, si quiere ser algo más que un gesto tecnocrático, debe enfrentar esta asimetría básica: no todos contaminaron por igual, ni todos pueden costear el mismo sendero de adaptación.
El WIR 2026 deja en claro que la desigualdad no es un accidente natural ni una fatalidad económica: es, ante todo, el resultado de decisiones públicas. Cuando el informe afirma que “la desigualdad es una elección pública”, señala precisamente esto: detrás de cada indicador hay un conjunto de decisiones que podrían haber sido otras. Y si la desigualdad es producto de elecciones, también puede serlo su reverso.
(*) Economista.






















