La tierra volvió a hablar

Este martes nadie quedó indiferente. La noticia se difundió como un aguacero por todos lados. “Encontraron otro compañero”, se repetía. Por múltiples vías, mensajes, llamadas, en la calle al cruzarse con alguien, en portales, sin afirmar nada sobre la identidad o si era hombre o mujer, porque no se sabía y aún no se sabe, pero con una certeza, otro ser humano, compañera o compañero había sido recuperado del horror al que las bestias fascistas creían haberlo condenado para siempre.
Es necesario pararse ante una noticia de esta dimensión con mucha responsabilidad, con mucha mesura, porque el hecho que refleja es más duro que cualquier adjetivo que se pueda poner, una vez más queda demostrado que ante las cosas realmente importantes, removedoras, lo que importa es lo sustantivo. Pero hay que incorporar el sentimiento, la emoción, porque, también queda demostrado que ante lo verdaderamente importante las palabras no alcanzan.
La tierra volvió a hablar, sí, de ella emergieron los restos óseos de un ser humano secuestrado, torturado, asesinado y sepultado en un lugar inaccesible, clandestinamente, para ocultar y perpetuar en el tiempo el crimen. Una o un desaparecido, de los 197 uruguayas y uruguayos que el fascismo quiso borrar de la historia, condenarlos no solo a la muerte, sino usar un grado mayor, si es posible, de crueldad, para ellos y ellas, para sus familias y para toda la sociedad.
El grupo de antropólogos y antropólogas que encabeza Alicia Lusiardo presentaron el hallazgo con la misma responsabilidad y mesura que lo hicieron las veces anteriores. Se trata de una persona que fue sepultada en un predio del Batallón 14 de Paracaidistas, en Toledo, Canelones, en una zona apartada, casi inaccesible, tanto que tuvieron que talar parte de un monte y desmalezar para poder excavar en su búsqueda. Esa persona fue sepultada allí, es un enterramiento primario, no fue trasladada de otro lugar, siempre estuvo ahí, durante estos casi 50 años. Fue sepultada boca abajo, cubierta con una cantidad muy importante de cal, es el hallazgo con más cantidad de cal de todos los que se realizaron y una loza cubriendo el cuerpo. Hay rastros del cuerpo marcados en la cal. Primero se recuperó el cráneo, ahora ya se lleva recuperado más del 70% del esqueleto. El hallazgo se produjo a menos de cien metros de donde hace 11 y 12 años fueron recuperados los cuerpos de Julio Castro y Ricardo Blanco y a pocos metros de donde se excavó en 2006. Al momento de escribir este editorial es muy pronto para aventurar, sexo, edad, motivo preciso de la muerte, lesiones o traumatismos que tenía. Todo eso se va a averiguar en el profundo análisis de laboratorio que ahora se abre. Luego habrá que esperar las pruebas de ADN en Argentina que determinarán su identidad. Que le pondrán rostro e historia a este hallazgo. Hay que dejar que se cumplan todos los pasos, hay que dejar que trabajen sin presiones los antropólogos y los científicos, hay que respetar, respetar profundamente, la angustia y la ansiedad de las familias. No es hora de primicias absurdas o de especulaciones, es hora de solidaridad, de fraternidad, de respeto.
La tierra volvió a hablar, pero para que lo hiciera, como en los cinco casos anteriores, tuvieron que pasar muchas cosas. La dignidad y la perseverancia inquebrantable de las familias de las y los desaparecidos, con su denuncia, sus investigaciones y su búsqueda. Las investigaciones periodísticas cuando el silencio y la impunidad eran política oficial. La decisión de luchar y no rendirse del movimiento popular, que se sintetiza en ese aluvión ético en que se ha transformado el 20 de Mayo. Las causas judiciales, que, en medio de miles de dificultades y retrasos, han ido avanzando. La entereza y compromiso de jueces y juezas que hicieron avanzar esas causas y fueron dictando sentencias. La creación, fruto de esa lucha y ese avance de conciencia popular, de instancias como la Fiscalía Especial de Delitos de Lesa Humanidad o la Institución Nacional de Derechos Humanos. El compromiso, la profesionalidad, la perseverancia y el amor a su trabajo del grupo de antropólogos que llevan cientos de pozos hechos buscando lo que otros ocultaron y quieren seguir ocultando.
Todo eso ha hecho posible que la tierra vuelva a hablar. Es inevitable y necesario resaltar que estamos ante un establecimiento militar, y una zona en particular del predio que este ocupa, que durante décadas fue señalado por denuncias e investigaciones como un lugar central de los enterramientos clandestinos. Las bestias fascistas, criminales de lesa humanidad, porque cometieron crímenes que atentan contra la dignidad humana, en su borrachera de impunidad, le decían al 14 de Infantería Paracaidista: “Arlington”, en una macabra e infame referencia al célebre cementerio yanqui.
Hicieron allí los enterramientos, multiplicando la crueldad de la tortura, el asesinato y la desaparición, con la cal y la loza, porque creían que tenían garantizada la impunidad para siempre. Es un establecimiento militar de muy difícil acceso, y, si se accede, de muy difícil relevamiento.
Pero esas bestias fascistas que cometieron crímenes contra la dignidad humana están aprendiendo que nada puede con la dignidad y con la verdad. No pueden ni cuarteles inaccesibles, ni la crueldad más cruda, ni la mentira, ni el ocultamiento, ni el silencio cómplice.
La lucha incansable, el amor profundo, el compromiso, la decisión individual y colectiva de no rendirse, de no rendirnos, pueden más.
Todo eso mezclado y con una fuerza impresionante se expresó el miércoles cuando la delegación de Madres y Familiares de Desaparecidos llegó al predio del Batallón 14. Fue profundamente conmovedor ver esos rostros, esa respiración nasal, esos ojos empañados pero firmes, esas manos tomadas de otras manos para sostener y sostenerse, esos abrazos interminables y apretados, de indignada y furiosa ternura.
Porque se expresó eso, rabia, furia, indignación, tristeza, pero no solas, acompañadas de dignidad, solidaridad, amor, ternura. Una mezcla conmovedora y muy poderosa. Que no deja indiferentes. Que interpela hasta las fibras más profundas de la humanidad.
Y es que de eso se trata. Las bestias fascistas, los impunes, que lo fueron y lo quieren seguir siendo, con su silencio cobarde y su crueldad, quisieron deshumanizar por completo a las y los compañeros desaparecidos. Y al buscarlos, al acompañar a sus familias, al encontrarlos, les devolvemos humanidad, y haciéndolo, nos hacemos más humanos.
La búsqueda de las y los desaparecidos es muchas cosas, pero una fundamental, es un acto de humanismo radical.
Este hallazgo del martes se suma a los de Ubagésner Chaves Sosa, hallado en 2005, en una chacra propiedad de la Fuerza Aérea; Fernando Miranda, hallado en el año 2006, en el Batallón 13 de Infantería; Julio Castro, hallado en el 2011, en el Batallón 14 de Paracaidistas; Ricardo Blanco, hallado en el 2012, en el Batallón 14 de Paracaidistas y Eduardo Bleier, hallado en el 2019, en el Batallón 13 de Infantería. Todavía quedan 196 desaparecidos y desaparecidas más. Los vamos a buscar a todas y todos, sin pausa.
La tierra volvió a hablar, nos mostró a un ser humano que siempre estuvo ahí, desde hace casi 50 años, prisionero de la bestialidad y la cobardía, empezamos a recuperarlo, que estos días de espera, que serán difíciles, hasta saber su identidad, sirvan para que colectivamente expresemos nuestro amor profundo, nuestra solidaridad, con todas las familias y con todas y todos los compañeros y compañeras. Que nuestros abrazos puedan seguir devolviendo humanidad a quien la merece y la defendió.
La tierra volvió a hablar y nos gritó: Nunca más.

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