Crecimiento y distribución en la rendición de cuentas
Por Rodrigo Gorga (*)
Luego de un debate extenso y cargado de tensión, la Cámara de Diputados aprobó la Rendición de Cuentas con los votos de Cabildo Abierto, en el inédito escenario de un oficialismo frenteamplista en minoría. Pero la particularidad de esta instancia no se agota en la nueva aritmética parlamentaria: el cambio de signo político en el Poder Ejecutivo convierte a esta Rendición en una evaluación de la gestión económica del gobierno anterior. No se discuten solo números, sino también decisiones, omisiones y prioridades. Un guión escrito para otros actores.
La Rendición de Cuentas es una ley que condensa, en cifras y fundamentos, los resultados del año fiscal y la orientación política del gobierno saliente. Además del clásico balance entre ingresos y egresos —con déficit casi asegurado—, esta vez incluyó solicitudes excepcionales por casi 970 millones de dólares y una habilitación para ampliar el endeudamiento del Gobierno Central. La exposición de motivos justificó estas medidas invocando un escenario “desafiante”, aunque el debate parlamentario muchas veces se deslizó hacia terrenos mezquinos. En un contexto tan exigente, cabría esperar cierta coherencia: la oposición dejó facturas impagas, pero rechaza el endeudamiento necesario para saldarlas y, al mismo tiempo, reclama más gasto en otras áreas como la Caja de Profesionales Universitarios.
Las nubes pasan
El debate parlamentario y la exposición de motivos de la Rendición de Cuentas ofrecieron una mirada hacia atrás: un repaso del desempeño económico de los últimos cinco años, con el espejo retrovisor apuntando al quinquenio que termina. El desempeño general, medido por el Producto Interno Bruto (PIB), es decir, el valor total de lo producido por la economía, fue bastante pobre. El crecimiento promedio anual apenas alcanzó el 1,25%, lo que implica un aumento acumulado del 6,4% entre 2019 y 2024. Si este resultado ya puede considerarse modesto, más decepcionante aún fue la forma en que ese crecimiento se tradujo —o no— en bienestar para la sociedad. Porque los beneficios de esa expansión resultaron, en el mejor de los casos, escasos y desigualmente distribuidos.
La forma que tomó el proceso económico de nuestro país puede resumirse en los gráficos 1 y 2 que se presentan a continuación. Ambos muestran la evolución PIB en relación con dos indicadores clave del bienestar: el salario real y la pobreza. Todas las series están expresadas en índice base 100, lo que significa que el año 2019 se toma como punto de partida para comparar las variaciones porcentuales a lo largo del período.
Fuente: elaboración propia en base a datos del Banco Central del Uruguay e Instituto Nacional de Estadística. Promedios anuales.
Si bien el PIB sufrió una profunda caída en 2020 (-7,4%), comenzó a recuperarse inmediatamente: en 2021 ya mostraba signos de repunte y en 2022 había alcanzado nuevamente los niveles previos a la pandemia. Muy distinta fue la suerte de los dos indicadores que acompañan este gráfico. La pobreza pegó un salto abrupto de seis puntos porcentuales, pasando del 17,3% al 23,3%, lo que en el gráfico se refleja como un incremento de casi 40% en términos relativos. Luego inició un lento descenso que, recién en 2024, la devuelve exactamente al nivel de 2019. Por lo tanto, de los frutos del crecimiento económico, a los más vulnerables no les tocó nada.
Como introdujo el diputado de la lista 1001, el economista Bruno Giometti, no debiera sorprender que la recuperación haya sido tan desigual, ni que los compatriotas que están peor hayan demorado más en salir a flote. Desde investigaciones del Instituto de Economía de la Universidad de la República hasta informes de organismos internacionales, se había advertido que la ayuda brindada en aquel momento era insuficiente. El mismo Giometti advirtió: “el Estado tenía que destinar muchos más recursos […] o si no íbamos a sufrir un aumento de la pobreza que era evitable.”
El segundo gráfico compara la evolución del ya descrito PIB con la del salario real. El perfil distributivo del modelo que allí se observa es similar al del primer gráfico, aunque no idéntico. El poder de compra de las y los trabajadores cayó durante 2021 y 2022, justamente mientras la economía crecía. En el mismo momento en que los titulares hablaban de récords en las exportaciones agropecuarias, descendían los salarios de los peones rurales. La pregunta que lanzó Giometti al plenario quedó flotando en el aire: “¿Quién puede explicar desde un punto de vista económico que el salario y la masa salarial hayan demorado mucho más que la actividad económica en recuperarse?”
Las gráficas no solo son una forma de resumir la evolución de la economía uruguaya: también ponen en evidencia una desconexión estructural entre crecimiento y bienestar, una economía más grande pero que no se refleja en los indicadores sociales, un avance que no arrastra a todos.
Si bien la historia colocará este lustro más cerca de los modelos de los años 90 —crecimiento con reparto desigual, inversión escasa y fuga de capitales—, la situación que recibe el nuevo gobierno no es la de una crisis, sino la de un país estancado. El PIB es un 6,4% mayor que en 2019; la pobreza, apenas igual. No se trata entonces de levantar ruinas, sino de construir algo distinto desde una meseta peligrosa. Como advirtió Giometti: “Necesitamos otra cosa. No alcanza con conjugarnos todos los boletos al malla oro, porque eso no dio resultado en los últimos 5 años.” La falta de esa otra cosa —que incluye la audacia distributiva— es también una advertencia para el futuro. Porque los gráficos —como los espejos— no solo muestran lo que pasó, revelan el punto de partida. Cuando llegue el momento de evaluar esta gestión, son también lo que la sociedad recordará.
(*) Economista.






















