Gaza, el Ghetto de Varsovia del Siglo XXI

El denominado “conflicto” en Palestina está conformado por múltiples dimensiones que a menudo no se comprenden por completo debido a que estamos inmersos en la militancia crítica contra el genocidio perpetrado por el Estado de “Israel” contra el pueblo palestino.

Lo que se conoce en términos teológicos como la Tierra Prometida, fuente de espiritualidades como la judía, cristiana y musulmana, es lo que la Torah señala como la tierra que en algún momento habitó el pueblo hebreo. Hoy en día, esta tierra clama nuevamente por justicia, lo que pone a toda la humanidad en alerta máxima. En el pasado, las tradiciones proféticas de estas tierras nos confrontaban a través de textos sagrados, y en el presente, lo hacen a través de los medios de comunicación. Una vez más, vemos “faraones” dominando y explotando a los pueblos, aunque ya no esclavizan a los judíos, sino que asesinan sistemáticamente al pueblo palestino, un pueblo milenario que encarna una diversidad de espiritualidades y tradiciones cosmológicas ancestrales. Si hace miles de años las víctimas del faraón era el pueblo de “Israel”, en el presente son los colonos israelíes los nuevos “faraones” en la Tierra Prometida.

El colonialismo de población que ha perpetuado el Estado de “Israel” desde 1948 consiste en la ocupación ilegal de territorios mediante el desplazamiento forzado de las poblaciones palestinas originarias. El objetivo de este Estado a través de este tipo de colonialismo no es explotar la mano de obra palestina, sino adueñarse de sus territorios y bienes. Esto significa que no le interesa mantener a los palestinos con vida, ya que su meta es expulsarlos físicamente del territorio. Como se puede imaginar, este proceso es profundamente violento, ya que ningún pueblo colonizado cede voluntariamente sus tierras y bienes.

Sin embargo, este tipo de colonialismo no fue inventado por el Estado de “Israel”, sino que ha estado reproduciéndose a lo largo y ancho del planeta durante más de cinco siglos. La conquista de al-Ándalus en la Península Ibérica en 1492 por parte de la corona cristiana y castellana representa quizás el primer caso de colonialismo de población moderno. Los mismos métodos de colonización aplicados a la población judía, musulmana y cristiana unitaria que vivía en al-Ándalus (como la limpieza étnica, la encomienda, la conversión forzada, el epistemicidio, entre otros), se extendieron a través de la expansión colonial/imperial europea a las Américas, África, Asia y al interior de la Europa de la cristiandad.[1] Este período histórico que se inicia con la conquista de al-Ándalus a finales del siglo XV se conoce como la Modernidad y representa el origen del proyecto civilizatorio de muerte constitutivo del sistema imperialista mundial actual.

La responsabilidad del colonialismo de población genocida contra los palestinos recae, en primer lugar, sobre las élites del Estado de “Israel”. Sin embargo, detrás de este Estado genocida se encuentra Gran Bretaña, ya que una vez finalizada la Primera Guerra Mundial y derrotado el califato Otomano en 1918, ocupó la región de Palestina e inició por su cuenta un proceso de colonialismo de población genocida contra la población palestina que allanó el camino para la posterior creación del Estado de “Israel”, el 14 de mayo de 1948. La famosa “Declaración Balfour”[2] de 1917 se inscribe en esta línea, ya que implicaba el apoyo oficial del Imperio británico al proyecto sionista de establecer un “hogar nacional” para el pueblo judío en territorio palestino. Tras la caída del califato Otomano, la Sociedad de Naciones otorgó oficialmente en 1922 el mandato sobre la región de Palestina a Gran Bretaña, convirtiendo así a toda la “comunidad internacional” en cómplice del desplazamiento forzado de poblaciones judías europeas hacia la región de Palestina. ¿Por qué? Porque en Europa existía un profundo racismo antijudío que buscaba sacar a los judíos de Europa y que alcanzó su punto más álgido durante la Segunda Guerra Mundial.

Pero detrás del genocidio palestino no sólo se encuentran el Estado de “Israel” y el imperialismo británico, sino también el imperialismo estadounidense y, tras la Segunda Guerra Mundial, la Organización de Naciones Unidas (ONU). Esta última en 1947 propuso, a través de la resolución 181/II, la creación de “dos Estados” en territorio palestino, un plan que fue aceptado de facto por los sionistas y rechazado categóricamente por el pueblo palestino y el resto de los países árabes. En 1948, ocurrió lo que los Palestinos llaman la Nakba, la catástrofe. Casi un millón de Palestinos fueron desplazados de sus viviendas y territorios a traves de masacres para ser ocupados por los colonos judíos, la inmensa mayoría provenientes de Europa. Estos cientos de miles de Palestinos que sobrevivieron a las masacres, terminaron en campos de refugiados por el Medio Oriente, uno de ellos Gaza. En cuanto a Estados Unidos, este país ha estado financiando y armando al Estado de “Israel” desde su primer día de existencia. Por lo tanto, la responsabilidad de las potencias imperialistas occidentales en el genocidio palestino es enorme, ya que ellas son las que han estado promoviendo por todos los medios existentes la civilización moderna, capitalista y occidental en la región del Medio Oriente. En este contexto, el Estado de “Israel” no es más que el “perro rabioso” del imperialismo occidental que actúa como el policía de Occidente en el mundo árabe.

Tarde o temprano tendrán que rendir cuentas y asumir la responsabilidad por el genocidio que han llevado a cabo, no sólo desde 1948 con la fundación del Estado de “Israel”, sino desde el Acuerdo de Sykes-Picot de 1916[3] y la Declaración Balfour de 1917. Este proyecto geopolítico genocida tiene responsables claramente identificables. Ellos son quienes han perpetrado hasta el día de hoy el genocidio contra el pueblo palestino y deben asumir la responsabilidad en primer lugar.

Sin embargo, toda la humanidad está llamada a asumir su cuota de responsabilidad por el genocidio que está ocurriendo en este preciso instante. Cada uno de nosotros está siendo juzgado espiritual y éticamente a través del espejo de la Tierra Prometida, lo que nos obliga a tomar una posición. Aunque no seamos los perpetradores directos de este genocidio, nuestra indiferencia ante esta atrocidad nos convierte en cómplices. Los medios de comunicación (o de desinformación masiva) han expuesto ante los ojos del mundo un genocidio en vivo, en directo y a todo color. Por lo tanto, todos somos conscientes de lo que está sucediendo; todos somos conscientes de que los líderes del Estado de “Israel” han deshumanizado históricamente a los palestinos, llegando a tratarlos peor que a los animales.

Estados Unidos insiste en que el Estado de “Israel” tiene el derecho a defenderse y, por lo tanto, le ha estado brindando respaldo mediático, diplomático y estratégico-militar. Sin embargo, el derecho a la defensa no existe en la ley internacional para los colonizadores, solamente existe para los pueblos colonizados. El Estado de “Israel” es una potencia militar colonial con capacidad nuclear que no necesita ninguna ayuda para imponer su Voluntad de Poder sobre el pueblo palestino y Hamás, que sólo cuentan con piedras y cohetes rudimentarios (los Qassam 3). Dado esta enorme desigualdad en las capacidades materiales nos vemos imposibilitados a caracterizar el conflicto como una guerra y, en su lugar, preferimos hablar de genocidio y limpieza étnica.

Desde un punto de vista moral, los palestinos no sólo tienen la razón, sino también el apoyo y la solidaridad de todos los pueblos del mundo que se oponen al abuso, la soberbia y la crueldad del Estado de “Israel”. En la actualidad, el Estado de “Israel” se ha convertido en el nuevo Egipto, mientras que Benjamin Netanyahu es el nuevo Faraón. La historia se ha invertido. Los judíos en Tierra Prometida han dejado de ser el pueblo perseguido y se han convertido en los verdugos. Ahora los perseguidos son los palestinos. La justificación ideológica de este proyecto imperial-colonial es una lectura literal y fetichista de la Torah que traiciona el espíritu de los mandamientos, al mismo tiempo que da fuerza a los militares que están en la primera línea del genocidio.

Una élite que se autodefine como judía y representante de todos los judíos en el mundo, lo cual es completamente falso, está persiguiendo, asesinando y cometiendo abusos, torturas y genocidio contra niños, mujeres y ancianos palestinos en condiciones de absoluta vulnerabilidad. Gaza no es una carcel abierta, sino el campo de concentración más grande del mundo, con más de dos millones de seres humanos atrapados en su interior. En las cárceles al menos los presos reciben comida, agua, electricidad, atención médica y nunca son bombardeados. En los campos de concentración el colonizador corta los servicios y bombardea indiscriminadamente con una crueldad sin límites porque busca la exterminación de los colonizados. En el campo de concentración de Gaza, los colonizadores israelíes controlan aspectos fundamentales de la vida de los palestinos como la alimentación, el agua, la electricidad, la comunicación y los productos que se importan y exportan. Han bombardeado hospitales, escuelas, mezquitas, bibliotecas, viviendas, oficinas de gobierno y mucho más. La crueldad del Estado de “Israel” es impactante. No tienen ninguna misericordia porque buscan la exterminación del pueblo palestino para quedarse con sus territorios. Los paralelismos entre las políticas nazistas de exterminio de judíos y las políticas sionistas de exterminación de palestinos son enormes. Gaza es el Ghetto de Varsovia del siglo XXI.

Por lo tanto, la Tierra Prometida pone nuevamente a toda la humanidad ante un espejo espiritual y ético. ¿De qué lado estamos? ¿Del lado de los perpetradores del genocidio o del lado de las víctimas? Es hora de tomar posición; nadie puede hacerse el desentendido, ya que incluso aquel que se considere neutral está tomando partido al no actuar contra el genocidio.

Los Estados occidentales están tratando de restringir las manifestaciones a favor de Palestina. En países como Gran Bretaña, por ejemplo, están intentando prohibir el uso de la bandera palestina para ocultar la información en contra del genocidio sionista y los imperialismos occidentales. Además, han circulado una enorme cantidad de noticias falsas (fake news) de gran impacto, no sólo sobre el pueblo palestino, sino también sobre Hamás. Sin embargo, se ha comprobado que Hamás no ha decapitado a ningún bebé y que la supuesta matanza de civiles israelíes descrita por los medios occidentales no es como la han presentado. “Israel” ha publicado una lista con los nombres de los muertos del 7 de octubre, y la inmensa mayoría era personal militar. Es decir, Hamás no atacó a la población civil, sino que el ejército israelí fue el responsable de la mayoría de las muertes civiles. Incluso hay denuncias de ciudadanos israelíes que acusan al ejército israelí de haber disparado contra civiles en lugar de esperar a que despejaran el área. ¿Con qué objetivo? El de acusar a Hamás ante la opinión pública internacional y poder justificar un genocidio premeditado. En otras palabras, han puesto en marcha una operación de manipulación mediática de la opinión pública a escala global.  A pesar de ello, toda la verdad se ha hecho pública, y aquellos que deseen conocerla podrán hacerlo, mientras que quienes no lo deseen, no lo harán. La humanidad está dividiéndose entre los que apoyan activamente o con su indiferencia el genocidio en Palestina y los que luchan contra el mismo.

Nos encontramos en un momento profundamente espiritual y mesiánico: o nos organizamos y detenemos esta injusticia, o avanzamos indefectiblemente hacia la destrucción de la vida en la Tierra. La producción, reproducción y desarrollo de la vida debe ser la máxima prioridad de la humanidad. Debemos defender la vida y detener a quienes la han estado destruyendo durante los últimos cinco siglos o, de lo contrario, la vida en la Tierra corre peligro de extinguirse por completo. Este es el desafío al que nos enfrentamos. Es hora de actuar. Repetimos: o actuamos en pro de la vida o, de lo contrario, contribuimos a su destrucción. No hay término medio ni neutralidad, ya que quien actúa desde una supuesta neutralidad permite que los dominadores sigan adelante con sus proyectos coloniales genocidas. De “Israel” consumar este genocidio impunemente, se acelerarán los genocidios en marcha, se abrirán las puertas a nuevos genocidios y se consolidará el plan de las elites financieras de Davos de hacer desaparecer una buena parte de la humanidad como “solución” a la crisis civilizatoria que enfrentamos.

En este momento espiritual en el que nos encontramos como humanidad, debemos tomar conciencia ética y decidir de qué lado nos posicionamos y hacia dónde deseamos dirigir el futuro de la humanidad. Nuevamente, la Tierra Prometida clama por justicia y nos insta a convertirnos en mejores seres humanos. Debemos superar la subjetividad moderna individualista y convertirnos en seres humanos más misericordiosos, solidarios y comunitarios; de lo contrario, nos encaminamos al infierno, es decir, a la destrucción definitiva de la vida. La modernidad capitalista occidental como civilización de muerte ha puesto a la humanidad ante un dilema: la vida o la exterminación de la humanidad. Palestina es un punto de inflexión. En Palestina se juega el futuro de la humanidad entre la lucha anti-imperialista de liberación de los pueblos que siempre anunciaron los profetas y la lucha imperialista por dominar a los pueblos de los faranoes, emperadores y reyes.  ¡Hagamos justicia en Palestina para salvar la vida de la humanidad!

Ramón Grosfoguel

University of California, Berkeley, USA

Fuente: https://kaosenlared.net/ramon-grosfoguel-gaza-el-ghetto-de-varsovia-del-siglo-xxi/

[1] Ph.D., Temple University.

[2] Departamento de Estudios Étnicos.

[3] Este tipo de colonialismo de población también se ha impuesto en Estados Unidos, Canadá, Australia, Argentina, Chile, Uruguay, el sur de Brasil, Sudáfrica, Zimbawe, y en la actualidad, se lleva a cabo por parte del Estado de “Israel” contra el pueblo palestino.

[4] Se trata de una carta escrita por el Ministro de Relaciones Exteriores de Gran Bretaña, Arthur James Balfour, el 2 de noviembre de 1917, y dirigida al barón Lionel Walter Rothschild, una figura destacada en la comunidad judía en Gran Bretaña.

[5] En 1916, Gran Bretaña y Francia firmaron el Acuerdo de Sykes-Picot, en el cual se acordó la división de los territorios del califato Otomano una vez derrotado en la guerra. Este acuerdo tuvo un profundo impacto en la configuración política y territorial de la región y ha sido objeto de críticas y controversias a lo largo de la historia.

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