Los problemas ambientales desde una perspectiva de izquierda

¿Qué son los problemas ambientales y porqué deberán preocuparnos?

Por José Paruelo (*) 

En este artículo se definen los problemas ambientales como construcciones sociales y campos de disputa donde chocan intereses contrapuestos. Se describe el metabolismo humano-naturaleza (extracción de recursos y generación de residuos) y se aborda la teoría de los límites planetarios, señalando que ya se han sobrepasado 6 de los 9 umbrales críticos en la era del Antropoceno.

Problemas ambientales

El “ambiente” se ha instalado como un tema de discusión y preocupación en ámbitos académicos, sociales y políticos. Ha generado un activismo muy importante que ayudó a visibilizar problemas de contaminación, cambio climático, extinción de especies o agotamiento de recursos naturales. Han sido la militancia de los colectivos ambientalistas y las evidencias aportadas por la Ciencia, las que han promovido iniciativas para cuantificar el problema, identificar causas, aportar evidencias, hacer proyecciones y advertir acerca de los riesgos. Si bien se han generado iniciativas políticas globales y acciones a nivel nacional (compromisos de emisión de dióxido de Carbono, movilidad eléctrica, prohibición de ciertos productos sintéticos, etc.) la magnitud de la respuesta es insuficiente. Algunos problemas (contaminaciones puntuales o la extinción de especies emblemáticas) concitan mucha atención, otros, más agudos e intangibles como el cambio climático, están lejos de generar acciones importantes por parte de la población. Esto nos interpela: ¿Cómo nos relacionamos desde una perspectiva de izquierda con los problemas ambientales? O sea, ¿cómo los analizamos y buscamos resolverlos pensando, simultáneamente, en construir una sociedad más igualitaria, justa y libre?

Para empezar, ¿de qué hablamos cuando decimos problemas ambientales? En primer lugar, nos referimos a una situación conflictiva en torno a alguna acción humana sobre la naturaleza. Un problema es una construcción social y un campo de disputa. La situación que para algunos representa un problema (o sea algo dificultoso o perjudicial que debe resolverse o superarse) para otros es algo deseable y beneficioso. Por ejemplo, para una empresa que produce cereales la aplicación de insecticidas para controlar plagas y aumentar el rendimiento es algo ventajoso. Para estos actores los riesgos sobre otros insectos o personas son minimizados, pueden ser mitigados o simplemente se ignora que su acción pueda ser perjudicial para terceros. Para un apicultor, para un poblador vecino al cultivo o para quien entiende los riesgos de la pérdida de la biodiversidad de insectos polinizadores, la situación requiere una solución, o sea, es un problema. Instalar esa situación como problema para la sociedad toda (o sea lograr una aceptación mayoritaria de las consecuencias negativas) no es fácil. Se necesitan varias cosas. Primero, evidencias (la Ciencia es fundamental para generarlas y difundirlas); en segundo lugar, un relato que muestre los perjuicios y, tercero militancia. Esto último es central, tiene que haber un colectivo social que instale y difunda el problema. Es necesario que el problema se transforme en una verdad que trasciende a ese grupo.  

Cuando hablamos de problemas ambientales hacemos referencia a situaciones que afectan nuestro entorno o las otras entidades bióticas que valoramos (los venados de campo, el aguará guazú, los humedales de Carrasco, o los palmares de Rocha). ¿De qué acciones derivan estos problemas? Básicamente de dos tipos de interacciones que tenemos con la naturaleza: extraer recursos y disponer residuos. Esto, que Marx llamó el metabolismo entre el humano y la naturaleza, no es cualitativamente distinto a lo que todas las especies hacen: una planta consume nutrientes del suelo (sus recursos) y genera hojas secas (sus residuos); un animal se alimenta de plantas y defeca. El problema no está en lo cualitativo sino en la magnitud y la velocidad con que los humanos lo hacemos. La tasa de explotación de recursos naturales, desde un acuífero al petróleo, es mucho mayor a la velocidad a la cual esos recursos se regeneran. Los bosques de maderas nobles, la fertilidad del suelo o los yacimientos de carbón demoraron cientos o aún millones de años en formarse, y están siendo consumidos en unos pocos años. La combinación de dos procesos, la caza o cosecha de especies silvestres y la transformación de hábitats naturales en áreas de cultivos o zonas urbanas está produciendo una enorme pérdida de biodiversidad debido a la extinción de muchísimas especies.

No sólo es el consumo. El uso de recursos naturales y su transformación genera residuos. En la naturaleza, generalmente, los residuos de una especie son los recursos de otra. Así vemos que existe una gama enorme de especies que consumen carroña o descomponen restos animales y vegetales. El sistema es circular. El metabolismo de las sociedades industriales ha incrementado enormemente la cantidad de residuos. Hemos inventado la basura, o sea la acumulación de residuos que no pueden ser procesados y se acumulan. Muchos de ellos son sustancias que ya existen en la naturaleza. El problema es la cantidad que genera la sociedad industrial. El caso del dióxido de Carbono es un buen ejemplo. Es una molécula sencilla que consumen y producen los sistemas naturales. La actividad industrial incorporó una fuente de generación de dióxido de Carbono, como residuo, a partir de la quema de combustibles fósiles, aumentando su concentración en la atmosfera (el “tacho” de basura en donde se acumula) y generando cambios importantísimos de los cuales el calentamiento global es el más significativo.

Pero hay también otros residuos que no son sustancias que existan en la naturaleza, sino que son el resultado de la síntesis artificial. Los inventamos los humanos. El ejemplo paradigmático es el de los plásticos, una sustancia para la cual no existen, en la enorme mayoría de  los organismos, vías metabólicas para su degradación. Esto ha llevado a acumulaciones enormes en los mares (“continentes” de plástico flotando en los océanos) y en los propios organismos como microplásticos. 

Limites planetarios

Para dar cuenta de los problemas ambientales a escala global, en 2009 un grupo de científicos, liderados por Johan Rockström del Stockholm Resilience Centre, introdujo el concepto de “limites planetarios” para nueve procesos ambientales críticos que regulan la estabilidad y la resiliencia de la Tierra. Para cada uno de ellos se proponen umbrales.  Mientras la humanidad se mantenga dentro de estos límites, el planeta permanecerá en las condiciones estables que han permitido el desarrollo de los humanos durante los últimos aproximadamente 10.000 años. Cruzar estos límites aumenta el riesgo de generar cambios ambientales abruptos, irreversibles y potencialmente catastróficos a gran escala. Estos 9 procesos son: el cambio climático; la pérdida de biodiversidad; los cambios en el uso del suelo y la pérdida de hábitats naturales; la alteración de los ciclos biogeoquímicos (especialmente del fósforo y nitrógeno); la acidificación de los océanos; el uso de agua dulce; la reducción de la capa ozono estratosférico; la carga de aerosoles en la atmósfera y la introducción de entidades novedosas (contaminación química como plásticos, pesticidas sintéticos, antibióticos y sustancias radiactivas). Sobre cada uno de ellos, se puede hablar mucho, quizás lo importante aquí es destacar que la última evaluación de la situación (realizada en 2025) es que ya hemos traspasado 7 de los 9 límites. 

El estado de límites planetarios es una advertencia urgente: la presión humana sobre el planeta no es sostenible y nos estamos acercando (o ya hemos cruzado) puntos de no retorno. Es necesario actuar de inmediato sobre las dimensiones más importantes, y hacerlo de manera global y coordinada. La señal que estamos imprimiendo al Planeta ha llevado a los científicos a proponer una nueva era geológica: el Antropoceno. La idea del Antropoceno surge de la observación de que, especialmente a partir de la Revolución Industrial (a finales del siglo XVIII), pero acelerándose enormemente después de la Segunda Guerra Mundial (la «Gran Aceleración»), los humanos nos hemos convertido en una fuerza geológica tan poderosa que estamos alterando los sistemas naturales del planeta a una escala y velocidad que rivalizan con las grandes fuerzas de la naturaleza. Las “señales” de la nueva época se vinculan, justamente, con la superación de algunos de los límites planetarios.

Cambios sistémicos

La pérdida de biodiversidad, los niveles de pérdida de hábitats, la concentración de microplásticos y pesticidas en tejidos animales, o el calentamiento climático, no son fenómenos “de izquierda ni de derecha”. Son hechos. La perspectiva ideológica y política, sin embargo, tiene una enorme influencia en reconocerlos como problemas, en el marco conceptual con el que se analizan y en las soluciones que se proponen. Identificar responsables y victimas, posponer o acelerar acciones, elegir unas u otras, o decidir quién las ejecuta; son cuestiones atravesadas por disputas de clase, intereses económicos y geopolíticos, prácticas imperialistas y colonialismo. Estas disputas se plantean, básicamente, porque como lo dice el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) “El cambio sistémico que se requiere para lograr reducciones de emisiones rápidas y profundas, así como una adaptación transformacional al cambio climático, no tiene precedentes en términos de su escala”. 

Esto genera ganadores y perdedores, requiere alterar relaciones de poder, modificar relaciones de producción y consumo y recrear sistemas de gobernanza a múltiples escalas. 

Solíamos llamar a una transformación de esa magnitud Revolución. Que en ese cambio revolucionario prime la barbarie fascista o valores ligados a la igualdad, la solidaridad, el internacionalismo y la libertad depende de que la izquierda se ocupe, piense, planifique y desarrolle teoría y praxis en torno a los problemas ambientales.

(*) Ingeniero Agrónomo, Universidad de Buenos Aires y Doctor en Ecología, Colorado State University.

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