Gonzalo Perera
En las épocas en que las sociedades humanas eran comunidades de reducidas dimensiones, sostenidas por su capacidad de obtener directamente los recursos alimentarios que brindaba la Naturaleza mediante procesos de caza, pesca, recolección, eventualmente alguna forma de cultivo, sin idealizar en absoluto, había algunos principios básicos de convivencia que los dictaban los propios ciclos biológicos. En los comienzos de la vida, el colectivo (que el ser humano es naturalmente un ser gregario) amparaba a los menores que aún no tenían la fortaleza necesaria para enfrentar las rispideces de la vida. Cuando llegaban a una mayor fortaleza y autonomía (a menudo asociadas a la maduración sexual), era tiempo de asumir un lugar en la dura vida cotidiana. Naturalmente, cuando ya la edad avanzaba y no era posible “seguir el tren” requerido por la lucha por la supervivencia, comenzaba el retiro gradual de la acción cotidiana hacia la relevante tarea de instruir a los más jóvenes, aportar la experiencia para las decisiones complejas y, nada menor, ayudar a mantener, por transmisión oral, la memoria y esos hábitos y saberes que los humanos llamamos cultura, de generación en generación.
Obviamente el anterior es un retrato con brocha gorda, y entre distintas culturas (y distintos entornos, más o menos abundantes en recursos naturales), el trato destinado al mayor podía variar desde la veneración hasta, llegado cierto punto, el abandono, Donde vale la nada menor precisión que el “mayor” de entonces hoy sería aún un joven, por cierto, que no era una papa llegar a los 45 sin penicilina, ni desinfectantes superficiales, ni forma alguna de tratar una fractura, o de asegurar la potabilidad del agua, para mencionar someramente algunas cuestiones muy necesarias para salvaguardar la salud humana.
Pero, cada uno, en su contexto y momento, protegía al principio a quienes habrían de ser los forjadores del futuro, y custodiaba a quien ya mayor, se transformaba en guardián de experiencias y tradiciones, y que mucho había dejado para la supervivencia de la comunidad.
Esta forma, literalmente salvaje y quizás brutal, de ver los ciclos de la vida en las sociedades humanas antiguas, quizás nos ayude a entender los dilemas de nuestro tiempo.
En el sistema capitalista, con la enajenación del trabajo y del trabajador y una mayor abstracción de los procesos de explotación de clase, a menudo presentados bajo categorías cuasi teológicas como los designios del muy ignoto “mercado”, que parece ser omnipotente, pero con puntería tan pifiada, a los efectos de la justicia y el bien común, como el Dios de la Inquisición (asador de mujeres y libre pensadores), a veces estos ciclos vitales no son tan evidentes y aparecen muchas falsas contradicciones que conviene descartar de plano.
Por ejemplo, como si nuestra sociedad viviera en el círculo polar ártico, se escriben ríos de tinta sobre la escasez de los recursos y que por ende los pasivos (quienes ya trabajaron y aportaron una vida) no pueden seguir siendo mantenidos por los activos (quienes trabajan y aportan actualmente) por su relación casi paritaria en cantidad. De ahí comienza a pregonarse, de manera más o menos abierta y descarada, la necesidad de abandonar al mayor ya sea por la vía de hacerle imposible llegar a jubilarse, o por la vía de que la jubilación sea una miseria. Pero detengámonos en la lógica misma del razonamiento y también en el “detalle” de comparar peras con bananas, de intentar superponer una foto de hoy con la película de varias décadas.
Quien hoy es pasivo, no es fruto de lo que hace hoy o lo que hizo la semana pasada, sino de lo que aportó a la sociedad en términos generales y muy particularmente al sistema previsional en términos de dinero contante y sonante, durante décadas. Digamos que durante 3 décadas aportó una suma X, de considerable magnitud. Más allá de que, afortunadamente, las expectativas de vida han ido aumentando gracias a los progresos de la Ciencia, particularmente de la Medicina, y que, al menos en parte de los adultos mayores, esa longevidad también incluye sostener una calidad de vida razonable hasta edades avanzadas, muchos de los trabajadores que han aportado por no llegan a recibir más que parcialmente su contribución, generando así un excedente, del que alguien más se beneficia, ya sea de su propia generación o de otra anterior o posterior.
Cada vez que se hace ver al jubilado como una suerte de “mantenido” por el trabajador activo se está incurriendo en la enorme falacia de ignorar que muchos jubilados se auto mantienen o mantienen a otras generaciones con fondos que no ganaron en la lotería, que los generaron en una vida de trabajo. Si bien los cálculos sobre la financiación del sistema de jubilaciones y pensiones son de cierta complejidad y reposan sobre diversas estadísticas vitales y socioeconómicas, antes de calcular nada hay que desterrar ese preconcebir de tan feo tufillo, que coloca al jubilado en el lugar de la “carga de la sociedad”.
Porque si se usa la misma lógica, la infancia “que no produce” es una carga también o las personas que por problemas de salud desde temprana edad no pueden “producir, son otra carga. Si uno se adentra en esa lógica al poco rato, empiezan a sonar los compases de la marcha Badenweiler (la que por protocolo saludaba a Hitler a su ingreso) y se termina saludando a la esvástica. Y créanme que no exagero: se dice que el grado de avance civilizatorio de una sociedad lo mide el trato que depara a quienes más apoyo necesitan: la infancia, los adultos mayores, las personas con problemas de salud severos, etc. La nada sutil desviación de todas esas categorías de personas hacia el morral de la “carga del trabajador activo” es un pensamiento profundamente fascista ausente de la más mínima empatía y solidaridad, en el que suelen caer los neoliberales, esa suerte de primos hermanos ideológicos de los fascistas, con los que, la Historia lo muestra, tan bien se han entendido siempre.
Reformar la Seguridad Social manteniendo situaciones de descarado privilegio como es el caso de la Caja Militar, es una tomadura de pelo, Es matar a las hormigas, mientras los elefantes pasan al trote. Pretender que la inmensa mayoría de las clases populares reviente trabajando o lo haga hasta edades cada vez más avanzadas para percibir jubilaciones cada vez más miserables, significa en su conjunto y en última instancia, una inmensa transferencia de dinero desde los sectores trabajadores hacia los “malla oro”, ese reducido núcleo de grandes empresarios que es el que bajo este gobierno de y para los ricos, recibe todos los subsidios, los apoyos, las rebajas o exoneraciones tributarias, etc. Pretender llevar aún más los recursos de los trabajadores hacia esa inmensa estafa llamada “las AFAP” es acelerar la degradación de los valores de solidaridad intergeneracional, el control público y sin fines de lucro de los fondos previsionales, pero sobre todo fomentar un gigantesco e inmoral negocio para muy pocos, hecho en base al sudor de las clases populares.
Pero, además, y eso es lo que queremos resaltar particularmente, una reforma jubilatoria hecha bajo el sonsonete de que el mayor es una carga, es una indudable avanzada de un pensamiento de corte fascista, que es el eterno rompehielos que usan los neoliberales para atravesar temas donde hay fuertes resistencias. Esto ya no se trata del rescate de mí o tú jubilación, se trata, pues, del rescate de nuestra civilización.
Foto de portada
Movilización en contra de la Reforma de la Seguridad Social de la ONAJPU a fines del año pasado. Foto: Mauricio Zina / adhocFOTOS.























