Presidente Yamandú Orsi durante su discurso en la ONU.

Orsi defendió la paz y rechazó bloqueo a Cuba

El presidente señaló que la pobreza y la desigualdad son desafíos que la humanidad debe enfrentar.

El presidente de la República, Yamandú Orsi, intervino este jueves en la 81ª Asamblea General de la ONU, que se está desarrollando en Nueva York. En su intervención Orsi defendió la paz, rechazó “el sufrimiento que provoca un férreo bloqueo económico como el que sufre el pueblo cubano”, destacó la vigencia de la ONU y reclamó su transformación: “No podemos seguir siendo rehenes de la voluntad de unos pocos países que se pueden contar con los dedos de una mano”.

Orsi planteó que la pobreza y la desigualdad son dos desafíos que la humanidad debe enfrentar. También defendió, en medio de fuertes polémicas en la propia Asamblea General, que “ningún país es dueño de la verdad absoluta, ninguna nación tiene el monopolio de las soluciones, ninguna sociedad puede pretender que su experiencia histórica sea universal. Y ningún pueblo debería ser condenado a elegir entre modelos impuestos desde fuera”.

El discurso de Orsi

EL POPULAR comparte los aspectos centrales del discurso del presidente Orsi en la ONU.

“(…) Comparezco ante esta Asamblea en nombre de un país joven, pero con tradiciones profundamente arraigadas. Un país que ha aprendido a lo largo de su historia que gobernar no es solamente administrar los recursos o instituciones, gobernar es, ante todo, trabajar por el bienestar de las personas.

Ese ha sido uno de los grandes propósitos del Uruguay, construir una sociedad en la que la dignidad, la libertad, la convivencia y las oportunidades puedan ser parte de la vida cotidiana de sus ciudadanos. 

Si hay una palabra que resume buena parte de nuestra vocación como país, esa palabra es paz. No concebimos la paz simplemente como la ausencia de guerra, la entendemos como una construcción permanente. La posibilidad de que las personas puedan vivir, trabajar, educar a sus hijos, desarrollar sus proyectos y mirar hacia el futuro sin miedo.

(…) En esta Asamblea reafirmamos nuestra disposición permanente a contribuir con las Misiones de Paz, con un profundo sentido de la responsabilidad y la solidaridad. 

No somos un país de grandes estridencias, somos más bien un país de grandes convicciones. Y una de esas convicciones es que la construcción de la paz nunca se termina, no podemos darla por garantizada, cada generación tiene la responsabilidad de volver a construirla. 

No puede haber paz para unos y otra paz para otros. No hay sufrimientos que importen más porque ocurren más cerca, ni vidas que valgan menos, porque nacieron en otro territorio. 

Cuando las personas sufren la humanidad entera tiene una responsabilidad, cuando un pueblo es desplazado, cuando una familia pierde su hogar, cuando los jóvenes no encuentran salida y se ven amenazados en su salud mental, cuando un niño crece bajo el estruendo de las armas, cuando millones de personas viven en la pobreza o sin ninguna oportunidad, no podemos permanecer indiferentes.

Tampoco podemos ser indiferentes ante el dolor que implica un estado de guerra interminable, el miedo y el dolor que genera el crimen organizado, la amenaza permanente del terrorismo, la represión que surge de la tiranía, o el sufrimiento que provoca un férreo bloqueo económico como el que sufre el pueblo cubano.

No creemos que posicionarse de un lado o de otro de una guerra, de una confrontación o de una disputa contribuya necesariamente a resolverla. Muchas veces, por el contrario, profundiza esas divisiones. 

Nuestro compromiso es otro: buscar caminos de entendimiento, abrir espacios de diálogo y contribuir a que los conflictos encuentren una salida pacífica.

Esto no significa indiferencia, no significa relativizar el sufrimiento, no significa desconocer las responsabilidades, significa entender que la paz exige algo más difícil que tomar partido. (…)

Para ello, buscamos recuperar algo que en ocasiones parece haberse perdido en el debate internacional: la humildad. 

Los uruguayos tenemos una expresión que resume una manera de entender la convivencia: Nadie es más que nadie.

Ningún país es dueño de la verdad absoluta, ninguna nación tiene el monopolio de las soluciones, ninguna sociedad puede pretender que su experiencia histórica sea universal. Y ningún pueblo debería ser condenado a elegir entre modelos impuestos desde fuera.

(…) Hoy vivimos un tiempo particularmente difícil, la desigualdad extrema continúa siendo una de las grandes amenazas para la convivencia, la pobreza sigue privando a millones de personas de oportunidades básicas y las guerras continúan destruyendo vidas, comunidades y esperanza. 

Mientras discutimos sobre crecimiento, tecnologías, Inteligencia Artificial, transición energética o nuevas formas de producción, hay millones de personas que siguen preguntándose algo mucho más elemental: Cómo alimentar a sus hijos, cómo acceder a una vivienda, cómo conseguir un empleo o cómo vivir mañana sin miedo. No podemos perder de vista esta realidad.

El desarrollo tiene sentido cuando mejora la vida de las personas, la economía tiene sentido cuando está al servicio de la sociedad, la tecnología tiene sentido cuando amplía nuestras libertades y nuestras oportunidades, y la política tiene sentido cuando es capaz de transformar la realidad para llevar felicidad a nuestra gente.

Hablamos desde la experiencia de un país pequeño, alejado de los grandes centros de poder, pero convencido de que nuestro tamaño no puede determinar nuestra capacidad de aportar y mucho menos afectar nuestra dignidad. 

(…) El ser humano es creador, precisamente porque no se resigna, percibe aquello que duele, percibe aquello que puede ser diferente y entonces aparece el deseo de cambiarlo. Ese deseo de cambiar es quizás uno de los testimonios más profundos de nuestra libertad.

Cuando nuestros pueblos avanzan en camino al progreso generalmente lo hacen esgrimiendo la poderosa magia de la libertad. Sabiendo que la libertad no consiste solamente en elegir entre posibilidades, también consiste en tener los medios para transformar aquello que queremos cambiar por el bien de la comunidad toda.

(..) Hoy somos más de 8 mil millones de personas habitando un mismo planeta. 8 mil millones de historias distintas. 8 mil millones de esperanzas. 8 mil millones de oportunidades. No somos una humanidad terminada, somos una humanidad que se está haciendo, cada mañana tenemos la oportunidad de decidir que mundo queremos dejar a quienes vienen después. 

Podemos aceptar la desigualdad como inevitable, podemos aceptar la guerra como permanente, podemos aceptar la pobreza como un destino, podemos aceptar que la desconfianza sustituya al diálogo. O por el contrario podemos elegir otro camino, el camino más difícil, pero también el más humano.

Uruguay viene hoy a esta Asamblea con esa convicción, con la humildad y el respeto propios de un país pequeño, pero también con la firmeza de quien conoce el valor de sus principios.

Venimos a decir que la paz no es una utopía, es un trabajo permanente, ningún conflicto se resuelve con más conflicto, ninguna sociedad se vuelve más segura cuando la desesperanza se convierte en norma, ningún país puede construir su bienestar de manera aislada.

El futuro de la humanidad dependerá en buena medida de nuestra capacidad para comprender que estamos profundamente interconectados. (…)

Sabemos bien que esto no es entre malos y buenos, muchas veces los buenos se convierten rápidamente en malos, o los que ayer condenábamos duramente mágicamente se transforman en referentes de nuestra alianza para el bien.

Pero compartimos un mismo planeta, y, en última instancia, un mismo destino. La ONU tiene cada día más razón de existir y debe inexorablemente evolucionar al ritmo de los cambios geopolíticos que vertiginosamente se suceden. (…) Queda claro que el esfuerzo debe centrarse en ser una organización actualizada, debidamente respaldada, con toma de decisiones justas, que deben ser acatadas.

(…) No podemos seguir siendo rehenes de la voluntad de unos pocos países que se pueden contar con los dedos de una mano. Y no se puede ceder a razones de conveniencias económicas de turno. El objetivo está claro, es lograr estabilidades duraderas que permitan que todo el esfuerzo de los ciudadanos y sus respectivos gobiernos se canalicen hacia la generación de prosperidad, lejos de la destrucción y el sufrimiento que provocan las guerras.

(…) Por todo esto Uruguay seguirá apostando por el diálogo, por el multilateralismo, por la cooperación, por el derecho internacional y por la solución pacífica de las controversias y, sobre todo, por la dignidad de cada ser humano.

(…) Poco aporta a los objetivos de la ONU utilizar solamente esta tribuna para acusar y atacar, el fuego no precisa más combustible.

Aprovechemos mejor esta instancia y démosle otra oportunidad a la paz”.

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