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El terror en el cine está cambiando de piel. Durante décadas, las pantallas nos enseñaron a temerle a lo que venía de afuera: un asesino con máscara de hockey, un demonio que poseía a una adolescente o una criatura alienígena oculta en la oscuridad. Sin embargo, en los últimos años empezó a pisar fuerte un subgénero cinematográfico y literario que sitúa la fuente del espanto en un lugar mucho más cotidiano, incómodo y real: el “incel horror”.
A diferencia del horror clásico, estas producciones ponen el foco en el terror psicológico y social que se alimenta de la misoginia latente, el aislamiento digital y un profundo sentido del derecho masculino sobre los cuerpos y las vidas de las mujeres. No hay elementos sobrenaturales; el monstruo se gesta detrás de una pantalla de computadora o de un teléfono celular. Para dimensionar el impacto de este fenómeno y entender qué nos está queriendo decir este cine, es fundamental frenar un segundo y hacernos un par de preguntas clave para la reflexión.
¿Cuál es el concepto de masculinidad que circula y se consume en las plataformas digitales?
Cuando nos referimos a la existencia de una masculinidad hegemónica, no hablamos de un tipo de varón universal que exista de forma concreta (es decir, de personas puntuales), sino de un conjunto de características que posicionan a determinados varones como dominantes respecto de otros, que ocupan lugares subordinados, cómplices o marginales. Si pensamos en la sociedad occidental, algunas de las características asociadas a esta masculinidad hegemónica son las del varón blanco, heterosexual y burgués. No es casual que, cuando se proyecta la idea de un hombre exitoso, se lo caracterice como un hombre blanco, de mediana edad, empresario, casado y con hijos.
Tampoco es casual que, históricamente, los medios de comunicación y las industrias culturales hayan reproducido este modelo como ideal de éxito masculino. Películas populares del mundo occidental, particularmente las producidas en Hollywood, ilustran este fenómeno con claridad a través de la figura del típico padre de familia yanki.
Esta masculinidad hegemónica suele venir acompañada de determinados mandatos para los varones: ser proveedor y jefe de familia, actuar como protector de “los suyos”, demostrar permanentemente su virilidad —ya sea a través de la paternidad o de la validación de su capacidad sexual— y mostrarse autosuficiente, bajo la lógica de que “puede solo”.
Estos mandatos se expresan en prácticas y comportamientos concretos, como la disposición a enfrentar peligros, la negación del miedo, la ostentación de la actividad sexual y la necesidad de mostrarse “duro”, fuerte o emocionalmente insensible.
¿Qué lugar ocupan los entornos digitales en la construcción de la identidad de los varones jóvenes?
Con la explosión en TikTok de los influencers de estilo de vida se instaló un ideal de “hombre exitoso” (teniendo a los “alfa” yankis como los mayores exponentes), principalmente consumido por el público más joven. Este “hombre exitoso” por supuesto representa los valores del capitalismo, en sus características personales y en cómo viven, desde la superficialidad de la imagen, el costado competitivo e individualista, la acumulación de riqueza como único fin en la vida y la negación del impacto de las condiciones materiales y de las desigualdades existentes en la posibilidad del desarrollo.
Sin embargo, la verdadera relevancia de estos influencers radica en su público: los llamados incels (célibes involuntarios). Estos jóvenes ven en las pantallas lo que desean ser pero no pueden alcanzar, y encuentran principalmente en el feminismo —y en todo lo que engloban bajo conceptos como “ideología de género”, Agenda 2030 o lo woke— al enemigo que les impide cumplir sus sueños. Al negar las desigualdades estructurales existentes, se colocan a sí mismos en el lugar de los oprimidos, sosteniendo que la lucha de las minorías es la culpable de que ellos no puedan acceder a los privilegios que supuestamente les corresponden.
Por supuesto, este fenómeno está atravesado por una fuerte concepción de clase, y es precisamente por esa vía donde penetran las ideas de la derecha y la ultraderecha. A través de estos influencers, se les otorgó a las comunidades incel dos enemigos fácilmente identificables sobre quienes descargar las frustraciones de lo que el sistema y la sociedad les depara: las mujeres y los pobres. Su lógica dictamina que no tienen éxito con las mujeres porque las “feminazis” les llenan la cabeza para que odien a los hombres, y que no prosperan económicamente porque el Estado les roba a través de impuestos para mantener a los pobres.
En los espacios de internet, habitar la identidad incel implica construir una subjetividad basada en el resentimiento: hacia las mujeres que los rechazan, hacia los hombres a los que consideran más atractivos y exitosos, y hacia una sociedad a la que sienten que le debe algo. En sus expresiones más extremas, esta frustración se transforma en misoginia y, en ciertos casos, en violencia explícita.
No es casualidad que varios ataques contra mujeres alrededor del mundo hayan sido reivindicados por hombres que compartían estas ideas bajo el anonimato que permiten internet y las redes sociales, utilizando códigos y figuras comunes dentro de estas comunidades virtuales.
“Esto es tan viejo como la película El club de la pelea, donde se problematiza sobre las promesas que nos hicieron toda la vida y que nunca se cumplieron, lo que desata ira y enojo. La subcultura incel es el lugar donde depositar toda esa ira. Los varones que integran estos grupos, entre comillas, se acompañan en esa desgracia que viven de ser rechazados y tener que aceptar que nunca van a ser queridos”, comentó el psicólogo y sexólogo clínico Diego Gervasini en una entrevista con Caras y Caretas.
Es importante comprender que no cualquier adolescente varón termina inmerso en la manosfera.
Generalmente, quienes son captados por estos espacios arrastran niveles significativos de frustración, aislamiento o malestar emocional y carecen de redes de contención capaces de ofrecer respuestas alternativas.
Un fenómeno que generó un fuerte impacto tanto en las pantallas como en el debate público fue la serie “Adolescencia”, emitida por una de las plataformas de streaming más populares. La producción puso sobre la mesa problemáticas que suelen desarrollarse en la esfera privada y que muchas veces son subestimadas, como el acceso de adolescentes a contenidos violentos y explícitos en internet.
La serie muestra con claridad algunos de los contextos que pueden favorecer estos procesos: la falta de diálogo, la ausencia de referentes adultos, la violencia latente en el hogar —representada por un padre que parece estar siempre al borde de la explosión— y un entorno educativo donde el bullying se instala sin que los adultos logren advertirlo o intervenir a tiempo.
Esta semana también se estrenó en cines “Obsesión”, escrita, dirigida y editada por Curry Barker. La película sigue a un joven tímido y solitario que pide un deseo: que una compañera de trabajo se enamore de él más que de cualquier otra cosa. Lo que en un principio parece una fantasía romántica rápidamente se convierte en una pesadilla. Porque cuando una persona deja de amar libremente y pasa a existir únicamente en función de otra, el amor desaparece y lo que queda es la obsesión.
Sin necesidad de recurrir a monstruos o demonios, Barker construye una película incómoda sobre la posesión, la incapacidad de aceptar el rechazo y la necesidad enfermiza de ser amado a cualquier precio.
Películas como “Don’t Worry Darling” o “Companion” también trabajan sobre esta problemática. En ambas historias aparece la fantasía masculina de construir a la “mujer ideal”: una mujer que no discuta, que sea sumisa y que no tenga deseos propios. El terror surge cuando esa fantasía romántica se analiza como lo que realmente es: una necesidad de control.
Mucho antes de que aparecieran los foros incel, el patriarcado ya había educado generaciones enteras de hombres y mujeres bajo la idea de que el amor romántico es una recompensa merecida, que la atención y el afecto pueden reclamarse como un derecho y que el rechazo constituye una forma de humillación.
Quizás por eso estas producciones generan tanta incomodidad. Porque el “monstruo” no es un fantasma, un asesino enmascarado ni una criatura sobrenatural. El monstruo es, en realidad, una forma de pensar y de relacionarse profundamente arraigada en nuestra sociedad, y mucho más cercana de lo que solemos imaginar.
Los contenidos violentos, explícitos y pornográficos disponibles en las plataformas digitales moldean la subjetividad, especialmente durante la adolescencia. Diversos estudios han advertido sobre el impacto que este tipo de contenidos puede tener en la construcción de vínculos, en la percepción de la sexualidad y en la forma de entender las relaciones entre hombres y mujeres.
Internet es una herramienta con enormes potencialidades para el acceso a la información, la educación y la comunicación. Sin embargo, ello no implica desconocer los riesgos asociados a determinados contenidos y dinámicas de las plataformas. Por eso, más que su limitación, es necesaria una regulación efectiva que garantice la protección de niñas, niños y adolescentes.
Esta responsabilidad no puede recaer exclusivamente en las familias o en las personas adultas de referencia, ya que no todas cuentan con las mismas herramientas, tiempos o condiciones para acompañar estos procesos. En este sentido, resulta fundamental que el Estado asuma un papel activo en la regulación de las plataformas digitales, estableciendo mecanismos de control, prevención y protección que resguarden los derechos de las infancias y adolescencias.






















