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Guatemala: Basta ya. Ninguna más.

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Por Marielos Monzón*

El pasado viernes 22 de enero fue uno de esos días —en Guatemala— que una desearía borrar. No porque no haya habido otros momentos de enorme tristeza e indignación como los de esa tarde, cuando aparecieron los cuerpos de cinco mujeres asesinadas con indescriptible saña y violencia. Sino porque ese viernes volvimos a constatar que los femicidios —la forma más extrema de violencia contra las mujeres— siguen siendo una constante en este “país”, si es que todavía podemos llamarle de esa manera.

En los primeros días de la semana nos horrorizamos con la violación y el asesinato de la pequeña Hillary Saraí Arredondo de León, de 3 años de edad. Su cuerpo se encontró en un terreno baldío en el municipio de Tiquisate, Escuintla, donde vivía con su familia. En la alerta Alba-Keneth, que se activó tras su desaparición, además de su fotografía se describe su vestimenta: “camiseta blanca, pañal blanco”.

Inevitable fue recordar en aquel instante a las 56 niñas que murieron calcinadas en el Hogar “seguro” Virgen de la Asunción, un centro de acogida estatal para niñas, niños y adolescentes víctimas de abandono y violencia, después de que fueran encerradas en una habitación, como “castigo”, y la Policía se negara a abrirles la puerta. A casi cuatro años de aquel trágico 8 de marzo de 2017, aún seguimos esperando que se haga justicia.

Según datos del Instituto Nacional de Ciencias Forenses (Inacif), recopilados por la organización Diálogos, entre los años 2008 y 2020 fueron asesinadas en Guatemala 9 mil 222 mujeres y niñas. Harían falta 29 columnas como esta para colocar todos sus nombres, porque cada día, todos los días, nos destruye la violencia machista que tiene en la indiferencia y en la impunidad a sus mejores aliadas.

Estas muertes violentas de mujeres no son producto de la casualidad ni de hombres desquiciados o perturbados que sufrieron un momento de locura. No. Los asesinatos de mujeres son producto de un sistema discriminatorio y desigual sobre el cual están construidas las relaciones de poder en la sociedad.

Los femicidios son la manifestación más grave de la discriminación y la violencia contra las mujeres, a quienes se nos considera objetos en propiedad que pueden usarse, desecharse, violentarse o destruirse. Son una construcción histórica, un continuum de violencia que se alimenta —cada día, todos los días— del menosprecio, la desigualdad, los estereotipos y los roles impuestos y aceptados como “válidos” para las mujeres.

Devienen también de la persistencia de patrones sociales y culturales discriminatorios y se fomentan con los discursos y posicionamientos públicos de las élites políticas, económicas y religiosas que los refuerzan y los amplifican en las escuelas, las iglesias, los medios de comunicación y, ahora también, en las redes sociales.

A las mujeres nos matan por nuestra condición de mujeres. Son crímenes de odio, cuyas señales quedan grabadas en nuestros cuerpos. Los femicidios, repito, son la expresión más grotesca de control sobre nuestras vidas, cuerpos y nuestra sexualidad, al punto de “castigar con la muerte a aquellas que no acepten este sometimiento” (Declaración sobre el Femicidio, CIDH 2008). Por eso resulta inaceptable y asqueante seguir soportando a la par de las muertes violentas de mujeres las explicaciones que las justifican “porque a los hombres también los matan”.

Nos faltan Hillary, Luz María, Cindy, Mindi, Cristina, Isabel, Nora, Litzy, Joseline, Mirna, Paola, Dilia, Irma, Mirsa, Mishel, Katerine, Hashly, Keyla, Ana Roselia, Rosa Julia, Sarvia Isel, Grindy Jasmín… Nos faltan TODAS. Y nos sobra la indiferencia y la impunidad que, cada vez está más claro, es aquiescencia y complicidad. ¡Basta Ya! Ninguna más.

*Periodista guatemalteca

Fuente Prensa Libre:

https://www.prensalibre.com/opinion/columnasdiarias/basta-ya-ninguna-mas/

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