Macarena y Juan Gelman en el Parlamento durante el acto de asunción de responsabilidad del Estado uruguayo en 2012. Foto Presidencia de la República.

Hace 25 años

Por Macarena Gelman

Hace 25 años, el 1° de abril para ser precisa, los medios de prensa anunciaban que Juan Gelman había encontrado a su nieta en Uruguay. Recorrí cada titular y cada línea tratando de cerciorarme que mi nombre no apareciera en ninguna publicación. Ese había sido el trato con quien hasta el día anterior no había visto jamás y ese día se había convertido en uno de los pocos familiares que tenía. Se podía anunciar públicamente, pero no mencionar el nombre y apellido con el que durante 23 años me sentí identificada. El día anterior conocí a mi abuelo y a Mara, su esposa. Hacía unos 40 días había conocido una historia familiar que seguramente era la mía. Estaba procesando toda la información que en pocos días había cambiado mi vida. Mis padres, Marcelo y Claudia, eran argentinos y habían sido secuestrados en Buenos Aires, llevados a Automotores Orletti, donde había varios uruguayos detenidos clandestinamente. A mi padre lo torturaron especialmente por ser judío. En el año 1989 fue identificado. Lo habían matado y tirado su cuerpo al canal en San Fernando, Provincia de Buenos Aires, en un tambor de grasa de 200 litros rellenado con cal y cemento. Mi madre estaba embarazada de 7 meses y medio en el momento del secuestro, y fue trasladada a Uruguay con el único propósito de quedarse con su bebé y matarla después. Decían que la guerra no era contra los niños, con el propósito de dar una imagen altruista supongo, porque la hija de María del Carmen Pérez no llegó a nacer. Fue asesinada en el vientre de su madre cuando se encontraba a punto de nacer. Otros tantos no nacieron o fueron asesinados.

Mi abuelo Juan, se había propuesto encontrarme. Junto con Mara hicieron una minuciosa investigación. Contaron con la colaboración de organizaciones sociales y personas. Analizando testimonios y haciendo entrevistas, con el dato que había proporcionado Julio Barboza respecto a la presencia de una mujer embarazada que luego dio a luz un bebé, como un insumo primordial. Nadie conocía a esa mujer. No la identificaban como uruguaya, pero no fue hasta que entonces que la asociaron con él o la bebé que buscaba Juan Gelman.

Había que encontrar ese bebé en Uruguay, y sabiendo que era un país donde “todos se conocían” comenzó una campaña pública que tomó dimensiones importantes. Una vecina que vivía en el barrio de Punta Carretas contó que, en esa época, cerca de navidad una familia del barrio había aparecido con una bebé. Nunca se fingió el parto, y la noticia fue vox populi.

Esa familia compuesta por un Comisario Inspector Retirado y su esposa se había mudado cinco años después al barrio Atahualpa. Era la familia Tauriño-Vivían. Los padres que conocí. Me habían adoptado por la Ley de Legitimación Adoptiva, algo que supe hace poco menos de cuatro años

La investigación iba dando sus resultados, y fue acompañada y verificada por dos periodistas del diario La República. 

Yo, Macarena Tauriño era esa bebé que nació durante el cautiverio de su madre en el SID. Durante años me costó asumir cabalmente que esa bebé que los sobrevivientes del SID recordaban llorando en ese lugar, era yo misma. Hasta hoy me cuesta asumir a esa bebé, y puedo verla con cierta distancia muchas veces.

El 31 de marzo Juan y Mara llegaron a Uruguay con el pretexto de una lectura de poesía que se haría en el teatro El Galpón, que presencié en el completo anonimato.  Si bien los análisis genéticos confirmarían en dos o tres meses que yo pertenecía a esa familia y acordamos ser cautos, por la eventualidad de que no lo fuera, fue imposible mantener distancia y el vínculo se empezó a construir desde ese momento. Tuvimos momentos muy buenos, y otros no tanto, como cualquier familia. Supimos reírnos fuerte de las solemnidades, contarnos secretos, tomar buen vino y divertirnos haciendo muchos chistes malos y varios políticamente incorrectos. El humor ácido siempre fue nuestro fuerte. Catorce años después pudimos despedirnos, cosa que a los dos nos hacía falta porque los “dos éramos huérfanos de mi padre” y no pudimos hacerlo. En diciembre de 2013 acordamos que si él todavía vivía en febrero volveríamos a vernos, pero por las dudas nos dijimos cosas que se dicen en las despedidas. Estuvimos de acuerdo en que hicimos cuanto pudimos.

Ahora bien, hasta aquí un gobierno (2000-2005) que fue sensible a una historia que irremediablemente iba a irrumpir en la escena pública. Todavía me pregunto qué sentido tuvo para el gobierno del Dr. Sanguinetti pretender ocultar algo o a alguien que no estaba a su alcance hacerlo. Ganar tiempo quizás, evitar tener que -desde la presidencia- explicar que en sus filas revestían varios de los principales responsables por el asesinato y la desaparición de mi madre, así como la desaparición y sustitución de mi identidad durante 23 años. Sin embargo, fue cuestión de meses y Jorge Batlle iría en el sentido contrario. No estaba en las posibilidades de ningún gobierno evitar que la verdad se abriera paso. Cuando el gobierno entrante asumió, mi abuelo y yo ya estábamos en contacto a través de Pablo Galimberti, el entonces obispo de San José y Flores, y pasaría un mes para que mi abuelo y Mara llegaran a Uruguay. Se encontraban en el aeropuerto, cuando el Dr. Ramela, persona de confianza del Dr. Batlle se comunicó con ellos, si mal no recuerdo a través del Dr. Gonzalo Fernández para manifestarles que el Dr. Batlle quería verlos. Meses después me refirió el propio Jorge Batlle que cuando tomó conocimiento de la búsqueda y hallazgo de mi abuelo, interrogó a Campos Hermida al respecto, y este le confirmó que efectivamente yo era la persona que buscaban.

Aun así, por esos días, el respaldo ofrecido por la persona del presidente y el Dr. Ramela fue realmente importante para que todo transcurriera con cierta calma y se facilitaran las gestiones necesarias para la confirmación de mi identidad. Hasta aquí, el gobierno hizo lo que debía hacer.

La iniciativa posterior en relación a la causa, la instalación de la Comisión para la Paz, en el marco de la cual se intentó dar respuesta a lo ocurrido con mi madre, Claudia, fue importante, pero no colmó las expectativas ni arrojó datos concluyentes. Dos años después se presentó la denuncia judicial que sería archivada en tres ocasiones diferentes. Aún recuerdo la última, cuando el tristemente recordado Fiscal Moller declaró a la prensa que, al archivarse la causa judicial, “había triunfado el estado de derecho”. Extraña, pero esperable afirmación. Ya transcurriendo el primer gobierno frenteamplista, habiendo pasado el episodio del Batallón 14 y la fallida localización del cuerpo de mi madre, y con la causa archivada, mi abuelo y yo acordamos presentar el caso ante el Sistema Interamericano. Cinco años después, y sin una respuesta por parte del Estado, a la altura que los estándares internacionales –ni los de la familia- la Corte IDH condenó al Estado Uruguayo, estableciendo una serie de medidas reparatorias, de las cuales la más importante para mí, aún hoy sigue sin cumplirse. La localización del cuerpo de mi madre y la verdad sobre lo ocurrido con ella. De hecho, nada más se ha avanzado, y según presumo tampoco investigado debidamente. Mediante iniciativa y gestiones personales, con la colaboración de algunos compañeros he podido esbozar alguna hipótesis más o menos razonable en algunos aspectos, pero la información con la que cuento se limita a lo investigado por mi abuelo y Mara, Gabriel, Marcelo y Roger. Si bien los diferentes gobiernos hasta ahora –inclusive el último- fueron más o menos receptivos ante solicitudes puntuales, a mi entender seguimos sin política de estado en la materia, salvo por las excavaciones. Excavar los predios cautelados no es poco importante. El minucioso trabajo realizado por el GIAF es extremadamente valioso, y solo ha sido posible con un equipo de profesionales formados, comprometidos y consolidado a través del tiempo, que le ha dado la experiencia que ha obtenido como resultado poder recobrar los cuerpos de seis compañeros y una compañera detenidos desaparecidos que fueron asesinados y enterrados en su mayoría en predios militares. Aun así, sigo pensando que investigar es posible, y que sostener el argumento de que los responsables no hablan es prácticamente infantil y poco serio. Es verdad, pero sería realmente inesperado que lo hicieran, y claro está; no habría que trabajar durante años para eso, sistemáticamente y trascendiendo los períodos de gobierno. Construyendo institucionalidad que se consolide y que trascienda a las personas a su vez.

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