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Levantamiento popular en Haití

Se generalizan las protestas contra el gobierno de facto y también la represión.
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Por Rony Corbo

El 7 de febrero de 2021, los partidos de oposición y la sociedad civil, declarando la expiración del mandato del presidente Jovenal Moïse, (elegido el 26 de noviembre de 2016 asumiendo el cargo en fecha 7 de Febrero de 2017) designan a Joseph Mecene Jean Louis (miembro del Tribunal de Casación) como Presidente Provisional.

Moïse no acata la resolución, manifestando que le queda un año más de mandato. «Mi administración recibió del pueblo haitiano un mandato constitucional de 60 meses. Hemos agotado 48 de ellos. Los próximos 12 meses estarán dedicados a la reforma del sector energético, la realización del referéndum y la organización de las elecciones», indicó Moïse.

Por decreto del 8 de febrero de 2021 el presidente de facto ahora se erige simultáneamente como poder ejecutivo, judicial y legislativo.

Moïse había comenzado a mostrar tendencias dictatoriales desde los primeros meses de su gobierno. Las masacres en los barrios populares para reprimir las protestas y demandas, las órdenes y decretos inconstitucionales, los despidos y la represión generalizada así lo demuestran.

Desde su llegada al gobierno la situación económica del país ha empeorado, la corrupción se ha generalizado, la violencia y la represión han invadido los barrios obreros, en particular los secuestros y la represión de todo tipo han arrojado un velo de terror sobre el país.

El 75% de la población vive en la pobreza. Alrededor de tres millones y medio de habitantes del país estarían en situación de insuficiencia alimentaria severa, el escalón previo a la hambruna en la clasificación empleada por la ONU. La principal entrada de recursos, las remesas enviadas por los haitianos que viven en el extranjero, que totalizaron más de 3.000 millones de dólares en 2019 bajaron a la mitad en 2020. Instalada en su mayoría en Estados Unidos, la diáspora haitiana ha sido golpeada de lleno por el desempleo que afecta dicho país.

Según el Índice de Desarrollo Humano (IDH), que combina la esperanza de vida, el nivel educativo y el producto interno bruto (PIB) per cápita, Haití ocupa el puesto 169 de 189 países en 2020; entre Sudán y Afganistán.

En todo este período las masacres, con un número impresionante de muertos y pérdidas materiales para los habitantes de los barrios pobres de la capital y también para los campesinos que se han opuesto a la usurpación de la tierra y su venta a las trasnacionales, han sido la nota.

La situación del coronavirus complico aún más la vida difícil en Haití. Los casos de COVID se calculan por cientos de miles, aunque no hay cifras oficiales al respecto. En los hospitales públicos, el personal sanitario no suele disponer del equipamiento necesario para prestar una atención de calidad a la población. Además, Haití sólo tiene 6,86 camas por cada 10.000 habitantes. Las camas de CTI no llegan a las 200.

Todos estos factores sumados a la decisión del “dictador” Moïse, hicieron que los levantamientos populares aislados se sumaran ahora en una gran movilización con varios frentes.

Si algo faltaba es que sectores de la propia policía nacional de Haití se han unido a las movilizaciones en reclamo de un cambio de gobierno. Esto trajo como consecuencia un enfrentamiento con sectores del Ejército, que funciona como un grupo paramilitar del propio presidente. Recordemos que con la salida de la MINUSTAH, el proceso de armado de las fuerzas policiales y el ejército haitiano no se completó, surgiendo grandes grupos de bandas armadas, pandillas que mandan en el país.

Generalización de la protesta social y represión

Desde el verano de 2018, los haitianos se levantaron contra el alto costo de vida y el escándalo en los fondos de Petrocaribe. Este acuerdo energético regional celebrado con Venezuela, que suministra un fondo de 1.459 millones de euros destinado a proyectos de desarrollo, ha ido a parar a manos de los sectores empresariales vinculados al presidente Moïse.

Durante los últimos dos años, al menos cuatro masacres tuvieron lugar en los distritos obreros de la capital, Puerto Príncipe. En Haití, la opresión adquiere un carácter de clase. Durante la historia reciente del país, sucesivos regímenes militares han perpetrado masacres tanto en los precarios barrios de las grandes ciudades como en el campesinado.

La situación del pueblo haitiano es terrible. Los salarios no se ajustan a la inflación galopante, lo que ha provocado una pérdida de casi el 50% del poder adquisitivo de los trabajadores en los últimos 10 años.

Las protestas son generalizadas. Por ejemplo, el presidente de la Asociación Profesional de Magistrados (APM) se muestra satisfecho hasta el momento con el desarrollo de la huelga indefinida lanzada por varias asociaciones de jueces del país. De hecho, según Marthel Jean-Claude, un mes después, la consigna de huelga sigue siendo respetada en todos los juzgados y tribunales del territorio nacional. La huelga es en protesta por la violación de la autonomía del Poder Judicial.

Según denuncias del movimiento popular y varias notas de prensa el control de las pandillas en territorio haitiano ha aumentado considerablemente en los últimos años. Estas redes criminales tienen el control total sobre varias áreas pobres y densamente pobladas de la capital, áreas sin ley que utilizan como lugares de detención para los secuestrados.

Los “Fantasmas”

En ese cuadro, las movilizaciones de esta semana tuvieron características muy peculiares. Estuvieron marcadas por la presencia de grupos de policías y ex policías encapuchados, que se autodenominan “los Fantasmas”, en protesta por sus bajos sueldos (250 dólares promedio) y por operaciones anti pandillas desastrosas que terminaron con varios policías muertos.

El último operativo en un barrio muy humilde de Puerto Príncipe que es territorio dominado por las pandillas terminó con cuatro efectivos de la PNH asesinados. Un quinto oficial murió producto de las heridas, y otros 7 resultaron heridos. Imágenes y videos de sus cuerpos ensangrentados y escarmentados en la vía pública circularon prácticamente en vivo desde el día viernes por las redes sociales, suscitando la indignación generalizada. La demanda de sus cuerpos, que ni siquiera fueron recuperados, es uno de los reclamos que mencionaron a la prensa los portavoces de “los Fantasmas”.

Telesur informa que “bajo las capuchas negras y los uniformes oficiales que caracterizan a “los Fantasmas”, se encuentran entonces efectivos en actividad, así como otros retirados o exonerados. Tampoco es de descartar el reclutamiento de simples bandidos o mercenarios para sus acciones de presión. Lo que es claro es que este grupo, sumamente activo, actúa como el brazo armado de un sector disidente de las fuerzas de seguridad, que puede incluso resultar representativo de sectores de la fuerza que no se movilizan activamente. Y que, en su enfrentamiento encarnizado con el gobierno de facto de Moïse, genera una mezcla de terror y simpatía en vastas capas de la población”.

La movilización es general y la represión también. Moïse ha pedido a la OEA y a la ONU asistencia para controlar a las pandillas, en realidad también para controlar a la población.

Por lo tanto, hoy es fundamental reforzar la solidaridad internacional. Es uno de los factores esenciales y necesarios para el éxito de la lucha del pueblo haitiano por el cambio radical del sistema instaurado para garantizar, en detrimento de los intereses superiores de las masas populares desfavorecidas, los intereses de las potencias imperialistas, de las multinacionales y de las élites locales corruptas.

El pueblo haitiano necesita tomar su destino en sus propias manos, recuperar su soberanía y revertir así esta situación insostenible.

 

 

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