La cancha y la pelota

Gonzalo Perera

Como gran elogio destinado a grandes cracks del fútbol, de esos que quedan en la historia, recuerdo haber escuchado varias veces la frase “Veía toda la cancha, mientras los demás sólo miraban la pelota”. Es harto evidente que cuando un defensa exquisito (un Beckembauer, por ejemplo) tiene la capacidad de no apabullarse por cuántos delanteros contrarios tenga encima, ni por los piques caprichosos que puede dar la pelota, y mostrar la serenidad y visión de cancha como para descubrir cómo filtrar un muy largo pase que deje sólo y en posición de gol a un compañero, entonces el equipo que cuente con semejante defensor es muy difícil de batir. En el fútbol de hoy, tan distinto al de otrora, cabe sin embargo destacar que, sin pretender que cada jugador sea un fenómeno, se insiste mucho en que todo futbolista “lea” el partido, que no agache la cabeza y se obsesione por la pelota en la jugada inmediata sin dejar de percibir el contexto, cómo está parado el equipo, si es momento de pasar corto o largo, apurar o hacer una pausa, arriesgar o hacer la sencilla y sacarla del estadio. Se fomenta que el jugador normal, que puede ser muy bueno, pero que seguramente no llegue al bronce, vea la cancha entera y no sólo para dónde va circunstancialmente la pelota, usando su inteligencia.

La política, es decir la aventura de la especie humana en relación a la distribución y el ejercicio del poder en todas sus formas, bien merece ser un escenario donde, más allá de los piques y rebotes de la pelota (para el caso la anécdota, el episodio puntual más o menos llamativo), uno no se distraiga del deber de mirar toda la cancha, “la gran foto”, como se dice en otros lares. En definitiva, tener siempre claro el marco general del proceso que se está viviendo y construyendo.

Las elecciones internas del pasado 30 de junio dejan muchos episodios puntuales que acaparan la atención al menos, circunstancialmente, pero que hay que tratar de insertar en la visión general, de lo que pasó no sólo ese domingo, sino viene pasando hace mucho tiempo y mostrando identidades, desafíos, oportunidades.

Pongamos un primer ejemplo: una panorámica general de la jornada, en la que se enfatizó la baja participación de votantes. Es cierto que se hizo sin comparar con la participación en elecciones nacionales de países donde las mismas no son obligatorias, y donde incluso registrarse como votante no es obligatorio, pero analizar si la comparación es correcta o no, sería correr tras la pelota. Visión de cancha es darse cuenta de que en una sociedad donde pululan los “haters” con su veneno y su odio hacia el distinto en las redes sociales, la jornada electoral transcurrió con total y absoluta tranquilidad. Mostrando que, sin desconocer lo que aportan las tecnologías de comunicación, lo importante de la vida sigue estando fuera del ciberespacio y ahí nomás, a la vuelta de la esquina.

Para poner un segundo ejemplo en tiendas ajenas, se dedican abundantes notas a si la candidatura presidencial está bien que se deposite en Ripoll y no en Raffo. Siendo un tema completamente ajeno, humanamente uno tiende a pensar que poner a una persona que acaba de batallar la interna y salir segunda, a aplaudir en primera fila y en público a una candidata que no estuvo en la pelea, suena mucho a humillación al santo cuete. Pero es ahí donde uno se acuerda de aquello de las peras y el olmo, y de que estamos hablando de un gobierno que llamó golosos a los botijas que repetían plato en los comedores escolares, por lo cual pretender gestos de mínima sensibilidad, aún dentro de una misma clase social y divisa política, es desconocer su esencia, y por lo tanto es nuevamente correr desordenadamente detrás de la guinda, como en los picaditos de infancia.

Uno podría seguir con ejemplos similares, pero más bien parece oportuno tratar de, por fin, ver la cancha, la gran foto del 30 de junio.

Allí se ve al Frente Amplio volviendo a ser la fuerza política más votada, con más de 410 mil votos en estas internas, en un aumento enorme respecto al 2019, de más de 155 mil votos. Plantando una sólida base para trabajar en torno al programa único, que otros empiezan a armar ahora en una “sesuda elaboración”. Cualquier frentista más o menos partícipe de la vida orgánica de la fuerza política, sabe las diversas versiones y la enormidad de aportes y discusiones que hay detrás del programa común del FA. Comparar esa elaboración colectiva con el rejunte apresurado de slogans para tener el “programa” de un partido que sólo puede gobernar en coalición con quienes no quedan involucrados en ese “programa”, es simplemente un chiste de mal gusto. Además, a poco de conocerse el resultado, la fórmula presidencial del FA, Yamandú Orsi-Carolina Cosse, porque así lo ordenaron las urnas, se abrazaban en público y ya el FA quedaba lanzado hacia octubre, en que la bandera de Otorgués debe ser el vehículo para que las mayorías populares orienten un gobierno que priorice su agenda, sus necesidades y derechos.

Pero adicionalmente, lo que era inminente el 30, se concretó el miércoles 3 de julio: la confirmación oficial de que habrá plebiscito sobre la reforma de las jubilaciones y pensiones habilitando a decidir que las personas puedan jubilarse (puedan, no deban) a la edad de 60, que ningún jubilado perciba menos del salario mínimo nacional y abriendo paso a un proceso claro y ordenado para terminar con la estafa de quienes lucran con los aportes jubilatorios de los trabajadores. Naturalmente, quien mira la pelota sacará la calculadora y sumará los votos de sectores a favor y en contra, como si sus votantes fueran drones dirigidos por control remoto. O como si quienes no votaron en las internas definan también en el plebiscito. O como si la historia no hubiera mostrado, en Uruguay y en el mundo, que una consulta popular rara vez sigue la sumatoria de votos de los líderes o referentes a favor o en contra. En todo caso, esa calculadora también se puede usar para ver que hay una base importante de frenteamplistas que apoyamos a sectores que han tomado partido por la defensa de los derechos de jubilados y pensionistas en el plebiscito, pero eso sería nuevamente correr tras la pelota. La mirada de cancha nos dice que el plebiscito está ahí, como magnífica oportunidad para ganar el gobierno comenzando a introducir reformas estructurales que consagren y cuiden derechos muy básicos, que puede significar además comenzar un nuevo período de gobierno frenteamplista con la zurda, respondiendo a la gente que así lo decide, hecho que sería absolutamente histórico.

En la visión de cancha, el partido está comenzando y hay mucho para ganar, de diversos modos y en distintos planos. Puede ganar la gran mayoría del pueblo un gobierno conteste a sus realidades, preocupaciones y aspiraciones. Puede ganar el campo popular organizado en conciencia e inserción, explicando lo que se intenta enredar, limpia y fraternalmente, sin caricaturizar a nadie, porque hay tanta buena razón que esgrimir que sería criminal no jugar bien, andar a las patadas y pegarle de punta para arriba. Puede ganar muchísimo el FA, iniciando un nuevo periodo con una afectación de los nodos de la estructura del poder en el Uruguay, no infantilmente, ni románticamente, sino realmente, con orden y claridad, apoyado en las grandes mayorías,

¿Qué es un partido difícil? ¿Cuándo lo importante es fácil? Nunca, pero la cancha está preciosa para regarla de esfuerzo ordenado y visión global, germen de la victoria.

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