20231011/ Javier Calvelo / adhocFOTOS / URUGUAY / MONTEVIDEO / Conferencia de prensa del minisro del Interior Luis Alberto Heber en relacion a la imputación de Gustavo P. por 22 delitos sexuales. En la foto: Luis Alberto Heber durante la conferencia de prensa en la sede ministerial en Montevideo. Foto: Javier Calvelo / adhocFOTOS

Ministro de lo Imposible

Gonzalo Perera

 La certeza absoluta es bastante ajena a la condición humana. Son pocos los casos donde podemos tener la más completa seguridad de que un hecho ocurrió de tal modo, que un fenómeno se desarrolló de cierta forma o que fue tal persona la que hizo una cosa. A menudo, por el contrario, caben, al menos teóricamente, más de una posibilidad para explicar o describir fielmente una situación en la que uno puso su atención. Según desde dónde se mire, con qué recursos se haga, con qué profundidad y detenimiento se haga, las conclusiones pueden ser diferentes. 

Sin embargo, esto no significa que la especie humana sea una nave a la deriva incapaz de resolver, para un problema dado entre una opción A o B. Constantemente, a lo largo de la Historia, hemos tomado decisiones siempre que hemos podido, y si nos equivocamos, tanto a escala individual como colectiva, el análisis de ese error es lo que permite acceder a la experiencia, que nunca debe confundirse con antigüedad, esta es una cuestión cronológica. La experiencia es lo que resulta de la asimilación de las vivencias y, como se dijo, muy particularmente de la revisión cuidadosa de los errores, de las macanas como decimos popularmente, que siempre son las que más enseñan, aún (y, sobre todo) cuando pueda llegar a ser doloroso admitirlas.

Buena parte de ese camino recorrido se ha basado en aprender a tomar decisiones bajo incertidumbre, pero tratando de reducir o minimizar el riesgo de cometer errores. Si hay dos posibles explicaciones de un hecho, pero para una es muy sencillo entender, cómo, de qué manera y por qué ocurrió y para asumir la otra se debe creer una larga serie de “alineamientos de planetas” que parece harto difícil que ocurra de forma afinada, todos apuntamos hacia la primera. De tanto en tanto, ocurren cosas bastante inverosímiles y por lo tanto el procedimiento anterior se puede equivocar, pero la mayoría de las veces nos guía por buen camino, a decidir bien y saber más.

En toda área del conocimiento, incluso las muy delicadas como el derecho penal o las ciencias médicas, se lidia con intentos de cuantificar para controlar los riesgos. Lo cual en buen romance significa que se vuelva difícil llegar a una conclusión equivocada, aunque cada tanto se pueda tomar una conclusión errónea. Toda intervención médica tiene riesgos, pero muchas veces, si mirar para el costado conduce de seguro a una tragedia en un breve plazo, entonces una intervención, aun teniendo sus riesgos, puede ser la opción más razonable. La seguridad absoluta no está presente, pero un granito de arena en la construcción de un creciente nivel de conocimiento ha posibilitado aumentar la extensión y calidad de la vida (que desde la política se decide si es de acceso universal o un privilegio de pocos), sin duda aporta el aprender a razonar ordenadamente, sin hacerse trampas al solitario, y tratando de manejar con seriedad y responsabilidad los riesgos. 

Si se quiere, lo que intentamos expresar es que ninguno de nosotros se considera dueño o tan siquiera inquilino de la verdad revelada, pero podemos y debemos no dar por válidas explicaciones que parecen absolutamente inverosímiles, que requieren una acumulación pavorosa de coincidencias harto difíciles de creer. En el Derecho, en la Medicina, en todo el conocimiento humano, cuando para sostener una explicación es necesario hundirse en las arenas movedizas de lo tan profundamente inverosímil que se acerca al abismo de lo absolutamente imposible, es buen momento de convencerse que conviene refutar dicha explicación.

En los últimos tiempos, en el Ministerio del Interior vienen pasando fenómenos cuya verosimilitud está en el orden de lo paranormal. El gobierno se aferra a que su ministro, Luis Alberto Heber, persona obviamente inteligente, con larguísima experiencia política, no tuvo conocimiento de las múltiples irregularidades que pasaron bajo sus narices y que, además, nada pudo hacer para impedirlas, debido a un singular infortunio y coincidente accionar maléfico de otros. Como corolario de ello, pretende que tenga una salida honorable del Ministerio, cuando desee hacerlo para iniciar una nueva campaña política.

Veamos brevemente algunos planetas que hay que alinear para poder hacer verosímil la postura del gobierno. En primer lugar, el rotundo fracaso en materia de Seguridad (una de las dos principales preocupaciones de la población según cualquier encuesta), no tiene nada que ver con errores o malas acciones del Ministerio a cargo de combatir la delincuencia, cuando se anunció que éste era un tema que se solucionaba en 24 horas.  En segundo lugar, la intensificación del narcotráfico y su proceso de cartelización, iniciado a comienzos de los 90 en el país, avanzó enormemente con su saldo de ajustes de cuentas, con exportadores de sojaína y, LUC mediante, el crecimiento en la circulación de activos de origen intrazable. En tercer lugar y relacionado con lo anterior, que, al líder del Primer Cartel Uruguayo, Marset, se le haya concedido, por vía diplomática, en tiempo récord y de forma completamente anómala un pasaporte cuando estaba preso fuera de fronteras es una barbaridad compartida entre el Ministerio del Interior y la Cancillería. En cuarto lugar, que la base de datos de la Dirección Nacional de Identificación Civil, bajo responsabilidad del ministro, con información personal absolutamente confidencial, fuera usada como juguete por la mafia instalada en el piso 4 de Torre Ejecutiva para vender documentaciones falsas y traficar información en beneficio de particulares, con la participación directa de jerarcas policiales. En quinto lugar, que, por cuenta y orden de particulares, se emprendiera desde similares orígenes acciones de espionaje ilegal contra senadores del FA opuestos a la entrega del puerto y otros “negocios” de muy dudosa calidad.  En sexto lugar, ante múltiples denuncias vinculadas al abuso sexual de menores por parte de quien fuera uno de los más relevantes senadores del Partido Nacional, y estando en curso la investigación judicial que requiere el accionar policial, el propio ministro manifiesta públicamente su adhesión a “su amigo” (el denunciado), lo cual, según la propia Justicia, enrarece y dificulta el proceso de la pesquisa. En séptimo lugar, cuando este proceso judicial avanzó, personal policial de jerarquía participó, un hecho que fue comprobado por la Justicia, en la urdimbre de una trama para intentar culpar a los denunciantes y exonerar al exsenador, engañando a la Justicia desde la cúpula policial.

Quedémonos con estos siete “planetas”. Es francamente imposible pensar que se pueden alinear los siete teniendo al ministro en el rincón de los inocentes impolutos. Y aún si así fuera, que le hayan pasado bajo las narices semejante planetario, hablaría de una incapacidad absolutamente notoria y descalificante, difícil de creer para una persona de su inteligencia y experiencia.

Pero convengamos que, a esta altura, Luis Alberto Heber ya no es el ministro del Interior, sino el ministro de lo Imposible. Por elemental responsabilidad y para no mancillar más de lo que ya se hecho la credibilidad de las instituciones en nuestro país, el ministro debería renunciar inmediatamente. De ser posible, la semana pasada, guste o no a quienes intentan defender lo francamente imposible de defender.

Foto de portada:

Luis Alberto Heber durante la conferencia de prensa en la sede ministerial en Montevideo. Foto: Javier Calvelo / adhocFOTO.

Compartí este artículo
Temas